domingo, 16 de agosto de 2026

Bajo el Sol de Sirak (XII)

Bajo el Sol de Sirak
 Proteger no significa no tener miedo.

Los Protectores aprenden a medir distancias, reconocer peligros y actuar cuando otros todavía no han comprendido que algo va mal. Aprenden a mantener la cabeza fría porque, cuando una vida depende de sus decisiones, el miedo es un lujo que debe esperar.

Pero llega un momento en que el peligro termina. La persona que estaba en tus manos vuelve a respirar a tu lado. Ya no queda nada que calcular, ninguna decisión que tomar, ningún enemigo contra el que luchar.

Y entonces el miedo, obediente hasta ese instante, reclama todo el espacio que le habían negado.

Hay veces en que solo podemos derrumbarnos después de saber que ya no tenemos que ser fuertes.


Capítulo XII. Sal Amarga

No perdió tiempo intentando tirar de ella.

Sabía que sería el modo más rápido de fracturar la costra y hundirlos a los dos.

Apoyó el bastón a un lado y comenzó a extender su propio peso sobre la superficie, primero una rodilla, luego la otra, distribuyéndolo con la lentitud de quien conoce exactamente el límite entre la prudencia y el desastre.

La sal crujió. Un sonido breve. Seco.

Sahir se quedó completamente inmóvil. Esperó. Contó tres respiraciones. La costra resistió. Solo entonces avanzó unos centímetros más.

Aurora lo observaba sin atreverse siquiera a mover las manos.

Por primera vez desde que había quedado atrapada comprendía el peligro real en el que se encontraba. Hasta aquel momento solo había sentido miedo por sí misma. Ahora descubría, con un nudo en el estómago, que cualquier movimiento precipitado podía arrastrarlo también a él.

—No te muevas.

La voz de Sahir había recuperado aquella serenidad que tantas veces la había tranquilizado durante las expediciones. Pero Aurora ya conocía demasiado bien su rostro. Aquella calma era un esfuerzo. No una emoción.

Cuando consiguió situarse lo bastante cerca, alargó el bastón hasta ella.

—Las dos manos.

Aurora obedeció inmediatamente. Sus dedos temblaban. Él esperó a que afianzara el agarre. Después clavó el extremo contrario del bastón bajo una placa compacta de sal endurecida, utilizándolo como apoyo.

—Cuando te lo diga, intenta sacar la pierna muy despacio.

Ella asintió. Sahir tomó aire.

—Ahora.

Aurora empujó hacia arriba. La costra respondió con un gemido sordo. No fue la pierna lo que se movió. Fue el terreno entero. Una grieta serpenteó entre ambos con un chasquido que pareció partir la llanura en dos. Aurora soltó un pequeño grito. Sahir reaccionó antes incluso de pensar. Abandonó cualquier precaución. Se lanzó hacia delante. La agarró por debajo de los brazos mientras la superficie terminaba de romperse bajo el peso de ambos.

Durante un instante eterno no hubo suelo. Solo fragmentos de sal desmoronándose alrededor de sus piernas y el barro espeso intentando tragarlos. Con un esfuerzo desesperado, apoyó un pie sobre una lengua de roca que apenas sobresalía bajo la costra y tiró de Aurora con toda la fuerza de la que era capaz.

Ella sintió cómo la presión que aprisionaba su pierna cedía de golpe. El barro la soltó con un ruido viscoso. El impulso los lanzó hacia atrás. Rodaron varios metros sobre la sal endurecida antes de quedar completamente inmóviles.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una sola palabra. Aurora respiraba con dificultad, incapaz todavía de comprender que había salido. Sahir seguía sujetándola. Con demasiada fuerza. Como si, al aflojar un solo dedo, el desierto pudiera reclamarla de nuevo.

Ella levantó la cabeza para decir algo. No llegó a pronunciar una palabra. Él la atrajo contra sí con una brusquedad que jamás habría imaginado posible. El golpe contra su pecho le robó el aire. No era un abrazo. Era la desesperación de una hora entera tomando forma entre unos brazos que ya no obedecían a la razón.

Aurora permaneció inmóvil. Notó cómo las manos de Sahir se cerraban sobre su espalda con una fuerza casi dolorosa. Sentía las respiraciones agitadas contra su cabello. El latido de su corazón, desbocado, completamente distinto de la serenidad que siempre parecía acompañarlo. Durante unos instantes el mundo dejó de existir. Solo quedaron ellos dos.

Y el silencio. Fue Sahir quien pareció despertar primero. Toda la tensión abandonó de golpe sus hombros. Aflojó inmediatamente la presión de sus brazos y dio medio paso atrás, como si acabara de comprender lo que había hecho. Sus labios se entreabrieron. Parecía dispuesto a disculparse. No salió ninguna palabra.

Sus ojos comenzaron a recorrerla con una urgencia completamente distinta. Ya no buscaban consolarla. Buscaban daños. Le retiró con infinito cuidado un mechón de cabello pegado a la frente por el sudor.

Le sostuvo el rostro entre las manos para girarlo suavemente hacia la luz. Sus dedos descendieron hasta sus hombros. Luego a los brazos. Las muñecas. Las manos.

Estaban cubiertas de barro, sal y pequeños cortes superficiales. Él apenas parecía verlos.

—¿Dónde te duele?

Aurora abrió la boca.

—Yo...

Pero Sahir ya estaba arrodillándose frente a ella. Le examinó las rodillas. La tibia. El tobillo que había quedado atrapado. Rozó apenas la piel con las yemas de los dedos. Aurora hizo una mueca involuntaria. Fue mínima. A él le bastó. Su rostro perdió el poco color que aún conservaba.

—¿Aquí?

—Solo está un poco...

No terminó la frase.

Sahir deslizó una mano bajo su talón. La ayudó a incorporarse con una delicadeza que contrastaba dolorosamente con la violencia del abrazo de unos instantes antes.

—Camina.

Aurora apoyó el pie. El primer paso fue firme. En el segundo, una punzada le hizo descargar el peso sobre la otra pierna. Apenas una leve cojera. Apenas un instante. Pero Sahir la vio. Y fue entonces cuando toda la fortaleza que había sostenido desde que salió del campamento empezó, por fin, a resquebrajarse.

Aurora lo observó en silencio.

Hasta aquel instante había creído que el único dolor que importaba era el suyo.

Había revivido una y otra vez las palabras que él no había pronunciado. La ausencia de una sonrisa. De una felicitación. De una mirada de orgullo.

Había salido del campamento convencida de que nadie podía haberla herido tanto como Sahir acababa de hacerlo.

Ahora comprendía que llevaba una hora haciéndose la pregunta equivocada. No era cuánto la había hecho sufrir él. Era cuánto había sufrido él desde que ella se marchó. Sahir seguía arrodillado frente a ella. No la miraba.

Tenía una mano todavía apoyada sobre su tobillo, como si necesitara comprobar una vez más que la articulación seguía donde debía estar. La otra descansaba sobre su propia rodilla, ligeramente cerrada, pero Aurora advirtió un temblor casi imperceptible recorriéndole los dedos.

Nunca lo había visto temblar. Ni una sola vez. Ni cuando una tormenta de arena sorprendió a la expedición. Ni cuando un joven explorador regresó con una mordedura de víbora. Ni siquiera cuando habían tenido que cruzar un antiguo puente de sal que amenazaba con desplomarse bajo sus pies.

Siempre había parecido dueño de sí mismo. Inquebrantable. Y, sin embargo, allí estaba. Respirando despacio. Demasiado despacio. Como hacen las personas que intentan convencer a su propio cuerpo de que el peligro ha terminado.

Aurora sintió un nudo en la garganta.

—Lo siento...

Las palabras apenas llegaron a existir. No sabía exactamente por qué estaba pidiendo perdón. Por haberse marchado. Por no haber escuchado al desierto. Por haberlo obligado a recorrerlo imaginando lo peor. Tal vez por todo.

Sahir levantó la cabeza. Por primera vez desde que lo conocía, la interrumpió.

—No vuelvas a hacerme esto.

La frase salió rota. No alta. No dura. Ni siquiera era un reproche. Sonaba como algo arrancado de un lugar demasiado profundo para haber sido pronunciado jamás.

Aurora sintió que el pecho se le vaciaba. Aquellas seis palabras contenían toda la hora que él acababa de vivir. Cada paso siguiendo unas huellas que no parecían las suyas. Cada vez que el viento había borrado parte del rastro. Cada posibilidad que su imaginación había construido mientras corría. La había visto sepultada. Deshidratada. Inconsciente. Muerta. Había llegado a todas esas imágenes antes de llegar hasta ella. Y ahora comprendía que ninguna desaparecería de inmediato.

Sahir bajó la vista. Parecía avergonzado de haber dicho demasiado. Como si aquellas seis palabras hubieran revelado más de sí mismo de lo que llevaba años permitiéndose mostrar.

Aurora sintió que algo se rompía dentro de ella. No con estrépito. Con esa suavidad con la que se resquebraja una capa de sal cuando, por fin, encuentra agua debajo.

Había pasado toda la tarde creyéndose sola. Y, sin darse cuenta, había dejado completamente solo al hombre que más había intentado protegerla desde que llegó al campamento.

Las lágrimas regresaron sin pedir permiso. Esta vez no nacían del orgullo herido. Ni de la decepción. Nacían de una ternura inmensa. De una culpa dulce y dolorosa al mismo tiempo.

Dio un paso. Sahir levantó la cabeza, sorprendido. Aurora no dijo nada. Simplemente acortó la distancia que aún los separaba. Apoyó muy despacio la frente contra su pecho. Notó el tejido de su túnica todavía húmedo por el esfuerzo. Debajo, el corazón seguía latiendo con una fuerza desordenada que nunca habría imaginado en él. Cerró los ojos. Y casi sin voz, como si pronunciara un pensamiento que acababa de descubrir, murmuró:

—Pensabas que me habías perdido...

Sahir no respondió. Porque cualquier respuesta habría sido insuficiente. Durante unos instantes permaneció completamente inmóvil. Aurora llegó incluso a preguntarse si había ido demasiado lejos. Entonces sintió cómo una mano se apoyaba despacio entre sus omóplatos. Después la otra. No había desesperación esta vez. No había miedo. Solo una infinita delicadeza. Como quien sostiene entre las manos algo que acaba de recuperar y todavía no termina de creer que siga siendo real. El abrazo fue distinto al anterior. No buscaba impedir que desapareciera. Buscaba convencerse de que seguía allí.

El viento volvió a recorrer la llanura. Lejos de ellos, los pequeños fragmentos de sal desprendidos durante el rescate comenzaron a deslizarse lentamente hacia la depresión, ocultando poco a poco las huellas de la lucha. El desierto, paciente como siempre, empezaba ya a borrar cualquier rastro de lo ocurrido. Pero ninguno de los dos volvería a recorrerlo de la misma manera. Aurora había descubierto que el hombre que parecía más fuerte de todo El Salar también podía romperse. Y Sahir acababa de comprender que proteger a alguien no consistía únicamente en mantener su cuerpo a salvo. A veces significaba cuidar de su alegría antes de que el miedo la hiciera salir caminando sin mirar el camino.

Aurora negó muy despacio.

—Sí es algo.

Sus dedos continuaban retirando con infinita paciencia los pequeños cristales de sal que se habían incrustado en la piel de la mano de Sahir. Algunos habían abierto cortes finísimos que apenas sangraban. Él ni siquiera parecía haberlos notado. Porque nunca se había detenido a mirarse. Siempre miraba a los demás.

Aurora pasó el pulgar con cuidado sobre uno de aquellos arañazos. Sahir hizo un gesto casi imperceptible. No de dolor. De sorpresa. Como si acabara de descubrir una sensación completamente nueva. Estaba acostumbrado a vendar heridas. A limpiarlas. A soportarlas. No a que alguien se ocupara de las suyas. 

Aurora levantó los ojos. Había dejado de llorar, pero las pestañas seguían húmedas.

—Te has hecho daño por venir tan deprisa.

Él bajó la vista hacia su propia mano. Durante unos segundos pareció buscar una respuesta adecuada. Al final solo encontró la verdad.

—No me había dado cuenta.

Aurora sonrió con una tristeza infinita.

—Ya lo sé.

Aquellas tres palabras fueron más suaves que cualquier caricia. Porque encerraban algo que Sahir llevaba tantos años haciendo que había dejado de percibirlo. Cuidar de todos. Olvidarse siempre de sí mismo.

El viento levantó una ligera cortina de arena que pasó entre ambos sin llegar a molestarlos. Aurora soltó lentamente su mano. Después miró alrededor. La depresión salina, ahora tranquila, parecía incapaz de explicar el miedo que había contenido unos minutos antes. Le costaba creer que hubiera estado tan cerca de no volver a salir. Respiró hondo.

—He sido una estúpida.

Sahir negó con la cabeza antes incluso de que terminara la frase.

—Has estado herida.

Aurora frunció ligeramente el ceño.

—No. He estado enfadada.

Él guardó silencio.

—Y cuando me enfado... dejo de pensar.

Las palabras parecían costarle. No porque dolieran. Porque eran ciertas. Sahir dejó escapar el aire muy despacio.

—Todos dejamos de pensar alguna vez.

Aurora sonrió apenas.

—¿Tú también?

Él tardó unos segundos en responder. La miró. Después desvió la vista hacia la costra de sal rota a pocos metros.

—Acabo de hacerlo.

Aurora tardó un instante en comprender. Luego recordó el abrazo. La brusquedad. El temblor. Las manos recorriéndola desesperadamente en busca de heridas. Y entendió. Aquello no había sido el Protector. Había sido simplemente Sahir. Sin máscaras. Sin disciplina. Sin esa calma que parecía envolver cada uno de sus movimientos. Solo un hombre convencido de que llegaba demasiado tarde.

Sintió cómo el pecho volvía a encogérsele. Se acercó un paso. No para abrazarlo otra vez. Eso ya no hacía falta. Simplemente buscó su mano. Esta vez fue ella quien entrelazó los dedos. Con naturalidad. Como si no existiera otro lugar donde debieran estar. 

Sahir bajó la vista. Durante un momento pareció debatirse entre retirarla o dejarla allí. Al final hizo algo que jamás habría hecho unas horas antes. No se apartó. Sus dedos respondieron muy despacio. No apretaron. Solo correspondieron. Era un gesto tan pequeño que cualquiera habría podido pasarlo por alto. Pero Aurora sintió aquel leve movimiento como si acabara de escuchar una confesión.

Permanecieron así unos instantes, contemplando el horizonte que empezaba a teñirse de los tonos dorados del atardecer. Fue Sahir quien habló primero. Con aquella voz tranquila que poco a poco iba recuperando su lugar.

—Cuando encontremos la cámara...

Aurora volvió la cabeza. Él también sonreía. Apenas. Lo justo para que naciera una diminuta arruga junto a sus ojos.

—...quiero que seas tú quien me la enseñe.

Aurora parpadeó. No entendió. Sahir sostuvo su mirada.

—Hoy no he sabido mirar lo que realmente habías encontrado. Solo he visto el peligro. Y eso también ha sido un error.

Ella sintió que algo se aflojaba definitivamente dentro de su pecho. No necesitaba una disculpa más grande. No necesitaba grandes declaraciones. Aquellas palabras bastaban. Porque eran exactamente las que había esperado escuchar desde que regresó al campamento.

La emoción volvió a asomarle a los ojos. Esta vez, sin embargo, no lloró. Se limitó a asentir.

—Me gustaría enseñártela.

Sahir sonrió un poco más.

—Entonces iremos juntos.

Y, por primera vez desde que Aurora había puesto un pie en El Salar, ninguno de los dos caminó delante del otro cuando emprendieron el regreso. Lo hicieron uno junto al otro. Con las manos todavía unidas.

Sin darse cuenta siquiera de que, mientras el sol se escondía tras las dunas, el desierto acababa de cambiar el rumbo de dos vidas.

Bajo el Sol de Sirak (XI)

 

Bajo el Sol de Sirak


El desierto habla constantemente.

Habla con el viento, con la forma de las dunas, con una piedra desplazada, con una huella que no debería estar allí. Los salari aprenden desde niños que sobrevivir no consiste en vencerlo, sino en escucharlo.

Pero hay momentos en que el ruido que llevamos dentro ahoga cualquier otra voz. Caminamos sin mirar, avanzamos sin escoger el rumbo y dejamos de reconocer incluso aquello que conocemos desde siempre.

Entonces El Salar no deja de hablar.

Somos nosotros quienes dejamos de escucharlo.




Capítulo XI. Cuando el desierto deja de hablar

Aurora abandonó el campamento sin ser plenamente consciente de haber tomado la decisión.

Más tarde intentaría recordar el instante exacto en que había empezado a caminar y descubriría que su memoria se detenía siempre en el mismo lugar: las últimas palabras de Sahir, pronunciadas con aquella serenidad insoportable que tanto admiraba en él y que, por primera vez, le había parecido una forma de distancia. Después solo quedaba una sucesión confusa de imágenes, como si alguien hubiera arrancado varias páginas de su recuerdo y las hubiera dejado volar sobre las dunas.

Cruzó entre las jaimas respondiendo automáticamente a los saludos de quienes se cruzaban en su camino, aunque ninguno de ellos llegó realmente a sus oídos. El campamento seguía respirando con la misma normalidad de todos los atardeceres. El olor del pan recién cocido empezaba a mezclarse con el humo de los pequeños fuegos donde se preparaba la cena, los niños perseguían a los turas más jóvenes levantando pequeñas nubes de polvo y, cerca del pozo, varias mujeres reían mientras discutían sobre la mejor manera de conservar unas raíces que alguien había traído de un oasis lejano.

Todo seguía exactamente igual.

Solo ella parecía haberse salido del mundo.

Caminó sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso irracional de poner distancia entre ella y aquella decepción que se le había instalado en el pecho con un peso insoportable. No lloraba todavía. El dolor era demasiado reciente para convertirse en lágrimas. Se parecía más al aturdimiento que sigue al estruendo de un derrumbe, cuando uno sabe que algo importante acaba de romperse, pero aún no alcanza a distinguir entre el polvo qué es lo que ha desaparecido.

Había imaginado aquel regreso durante los tres días de expedición. Mientras copiaba inscripciones o limpiaba con delicadeza las tablillas cubiertas de siglos de silencio, una parte de su pensamiento se escapaba constantemente hacia el campamento. Se sorprendía imaginando las preguntas de los ancianos de la Biblioteca, el entusiasmo de los aprendices y, por encima de todo, la expresión de Sahir cuando comprendiera la magnitud de lo que acababan de encontrar.

No había esperado aplausos.

Ni reconocimiento.

Le habría bastado una de aquellas sonrisas discretas que él reservaba para las cosas importantes.

Una sola.

Ahora comprendía que había construido aquella escena tantas veces en su imaginación que casi había terminado por creer que ya había ocurrido.

Y precisamente por eso la realidad le dolía tanto.

No era únicamente que Sahir hubiera dicho que no.

Era que ni siquiera se había detenido un instante a compartir con ella la alegría del descubrimiento.

Continuó caminando.

El sendero habitual terminó bajo sus pies sin que llegara a advertirlo. Las últimas jaimas quedaron atrás y el suelo comenzó a endurecerse conforme la arena dejaba paso a las extensiones blanquecinas donde la sal afloraba formando costras quebradizas.

En cualquier otro momento habría cambiado inmediatamente de dirección.

Conocía aquel terreno demasiado bien.

Sabía interpretar la textura de la superficie, distinguir las placas sólidas de aquellas que ocultaban bolsas de barro salino bajo una fina película cristalizada. Había aprendido a hacerlo mucho antes de saber leer.

Pero aquel día no estaba viendo el desierto.

Solo caminaba.

El viento había empezado a levantarse y empujaba pequeños remolinos de polvo que se deshacían unos metros más adelante. Aurora ni siquiera levantó la cabeza para observar el cielo. No escuchó el leve crujido que producía la sal al tensarse bajo el calor acumulado durante la tarde. No reparó en que habían desaparecido los pequeños insectos que siempre revoloteaban por aquella zona cuando el terreno era seguro.

El desierto llevaba varios minutos hablándole.

Ella había dejado de escucharlo.

Muy lejos de allí, en el campamento, Sahir seguía revisando con dos Protectores veteranos la forma de ocultar el acceso a la cámara hasta que el Consejo pudiera reunirse. Hablaban en voz baja, inclinados sobre un mapa trazado en la arena, cuando Naira apareció llevando un cesto de hierbas recién cortadas.

Dejó el cesto en el suelo y miró alrededor con la naturalidad de quien busca un rostro conocido.

—¿Dónde está Aurora?

Nadie respondió.

Uno de los muchachos señaló vagamente hacia el oeste.

—La vi salir hace un rato.

—Pensé que estaba con Sahir —añadió una mujer mientras llenaba un odre.

El Protector levantó lentamente la cabeza.

No sintió una alarma inmediata. Aurora solía caminar sola muchas veces. Necesitaba silencio para ordenar las ideas y nadie en el campamento veía extraño que desapareciera durante un rato antes de regresar cargada de preguntas o de pequeños hallazgos.

Sin embargo, algo en la forma en que Naira frunció el ceño hizo que una inquietud apenas perceptible comenzara a abrirse paso en su interior.

—¿Hace cuánto? —preguntó.

El muchacho dudó.

—No lo sé... quizá una hora.

Fue suficiente.

No necesitó hacer más preguntas.

Conocía el desierto demasiado bien para calcular, casi sin pensar, hasta dónde podía haber llegado una persona que caminara durante una hora sin prestar atención al camino.

El mapa dibujado en la arena dejó de existir para él.

Sintió un vacío seco en el estómago.

Sin decir una sola palabra echó a correr.

Naira observó cómo desaparecía entre las últimas jaimas y suspiró muy despacio.

No era una mujer dada a las supersticiones, pero llevaba toda la tarde sintiendo que el viento traía consigo una inquietud que no pertenecía al desierto.

Y, por primera vez desde que Aurora había regresado de su expedición, comprendió que el verdadero peligro nunca había estado escondido en aquella cámara sellada bajo la sal.

Había estado en dos personas incapaces de decirse cuánto les importaba el dolor del otro.

Sahir corrió sin escuchar el aire que entraba y salía de sus pulmones.

El desierto siempre había sido un lugar de paciencia. Enseñaba a caminar despacio, a observar antes de actuar y a desconfiar de cualquier decisión precipitada. Ningún Protector sensato desperdiciaba sus fuerzas en una carrera cuando podía necesitarlas unas horas después. Sin embargo, aquella tarde todo cuanto había aprendido durante años quedó reducido a una única idea que golpeaba su mente con la insistencia de un martillo.

La he dejado marcharse.

No porque creyera haber cometido una injusticia al impedir que Aurora hablara del hallazgo. Si el tiempo retrocediera unos minutos, volvería a tomar exactamente la misma decisión. Aquel descubrimiento exigía silencio y prudencia. Lo sabía. El Consejo lo sabía. Cualquier Protector habría actuado igual.

Lo que no había sabido ver era a la muchacha que tenía delante.

Había visto una Recopiladora.

Una exploradora.

Una mujer capaz de encontrar una cámara olvidada durante siglos.

Y había olvidado que, detrás de todo aquello, seguía habiendo una joven de dieciocho años que había regresado esperando compartir con él el día más importante de su vida.

La culpa comenzó a abrirse paso entre sus pensamientos con una claridad insoportable.

No por haber protegido el secreto. Por no haber protegido su corazón.

Abandonó el sendero sin vacilar.

El viento había empezado a borrar las huellas más superficiales, pero todavía quedaban marcas suficientes para alguien que hubiera aprendido a leer el desierto mucho antes de aprender a leer un libro.

Se agachó. Observó la primera pisada. Después la siguiente. Y una tercera. Su respiración se detuvo un instante. Aquellas huellas estaban mal. No porque condujeran hacia una dirección peligrosa. Porque no eran las huellas de Aurora. Una salari nunca caminaba en línea recta durante tanto tiempo. Aurora tampoco.

Cada pocos pasos se desviaba ligeramente hacia cualquier detalle que despertara su curiosidad. Un arbusto que hubiera florecido antes de tiempo. Una roca de formas extrañas. Un pequeño fósil. Un insecto desconocido. Cualquier cosa bastaba para romper la monotonía de sus pasos.

Aquella tarde no había ocurrido nada de eso. Las huellas atravesaban el paisaje con una obstinación casi antinatural, ignorando cuanto las rodeaba. No había observado el terreno. No había escuchado el viento. No había estado realmente allí.

Sahir sintió que el vacío que llevaba creciendo en su estómago desde que abandonó el campamento se convertía de pronto en algo mucho más cercano al miedo. Volvió a incorporarse y echó a correr. Ya no seguía únicamente unas pisadas. Seguía el rastro de una muchacha que había dejado de comportarse como una salari. Y eso, en El Salar, significaba que algo iba terriblemente mal.

Siguió avanzando con la vista fija en el suelo. Las huellas comenzaban a difuminarse allí donde el viento barría la capa más superficial de arena, pero seguían conservando la cadencia suficiente para que un Protector pudiera reconstruir el camino recorrido por quien las había dejado atrás. De vez en cuando Sahir levantaba la cabeza para comprobar la dirección general y volvía inmediatamente a agacharse. No buscaba únicamente un rastro. Buscaba comprender qué había ocurrido dentro de la mente de Aurora desde que abandonó el campamento.

Al principio creyó que caminaba sin rumbo. Unos minutos después comprendió que era aún peor. No estaba eligiendo ningún camino. Simplemente seguía moviendo los pies. La diferencia era enorme. Aquello significaba que el desierto había dejado de existir para ella.

Sahir sintió un escalofrío. Recordó la primera lección que había recibido siendo apenas un niño, cuando todavía acompañaba a los adultos en recorridos cortos alrededor del campamento.

"El desierto no mata a quien se pierde."

"Mata a quien deja de mirarlo."

Había tardado años en comprender aquellas palabras. Ahora desearía no haberlas entendido nunca.

Continuó descendiendo por un pequeño barranco cuya sombra empezaba a alargarse sobre la arena. Allí las huellas se conservaban mejor. Aurora había resbalado una vez sobre una piedra lisa. La marca de una rodilla indicaba que había apoyado una mano para recuperar el equilibrio. No se había detenido. Ni siquiera entonces. Aquello no era propio de ella. Aurora habría aprovechado cualquier pausa para levantar la vista, orientarse o estudiar el terreno.

Aquella muchacha había seguido caminando como quien avanza dormido.

El barranco desembocaba en una amplia llanura de sal donde el horizonte parecía deshacerse bajo los últimos reflejos del día. Sahir se detuvo un instante en el borde.

El viento soplaba desde el este. Las huellas desaparecían casi por completo. Inspiró profundamente. No podía seguir leyendo el suelo. Tendría que empezar a pensar como Aurora. No. Corrigió inmediatamente aquella idea. Tendría que pensar como la Aurora que había salido del campamento. Y esa Aurora no estaba pensando.

Levantó lentamente la vista. Buscó las zonas más peligrosas. Las placas de sal más extensas. Los antiguos cauces. Las depresiones donde el agua de lluvia permanecía oculta bajo una costra cristalizada. Fue entonces cuando la vio.

Al principio creyó que era una roca. Una pequeña mancha oscura sobre el blanco casi cegador de la sal. Después la figura se movió. Muy poco. Lo justo para que el corazón se le detuviera.

Aurora. No gritó. Ni siquiera pronunció su nombre. Echó a correr. Solo redujo la velocidad cuando la costra comenzó a sonar bajo sus botas con aquel crujido hueco que todo salari aprendía a temer desde la infancia.

Entonces comprendió. La muchacha estaba atrapada.

Aurora había logrado sacar una pierna, pero la otra permanecía hundida hasta medio muslo en una mezcla espesa de barro salino que la retenía como una mano gigantesca. Al intentar liberarse había fracturado la superficie a su alrededor, formando una corona de grietas irregulares que amenazaban con extenderse bajo el peso de cualquiera que se acercara demasiado deprisa.

Ella levantó la cabeza al oír el primer crujido. Durante un instante no pareció reconocerlo. Tenía el rostro cubierto de sal y polvo. El cabello se había pegado a las mejillas por el sudor y las lágrimas secas. Había una expresión de agotamiento absoluto en sus ojos.

Luego lo vio. Nunca habría sabido explicar qué cambió exactamente en aquella mirada. Solo que, de repente, dejó de luchar. Como si el simple hecho de verlo hubiera borrado toda la tensión que llevaba soportando desde hacía horas.

—Sahir...

Fue apenas un susurro. Él no respondió. No porque no quisiera. Porque toda su atención estaba concentrada en el suelo que los separaba. Cada paso debía ser perfecto. No podía permitirse romper la costra. Una grieta se abrió varios metros a su izquierda con un chasquido seco. Cambió inmediatamente de dirección. Rodeó una pequeña elevación de sal endurecida y buscó con la punta del bastón el sonido macizo que indicaba terreno firme. Avanzaba despacio, desesperadamente despacio, mientras todo su cuerpo le exigía correr los últimos metros y arrancarla de allí con sus propias manos.

Aurora lo observaba acercarse. Jamás lo había visto moverse así. Nunca. Toda aquella serenidad que siempre lo acompañaba seguía allí, pero ahora comprendía que no nacía de la ausencia de miedo. Nacía de una lucha constante contra él. Cada vez que el bastón encontraba un apoyo seguro, Sahir parecía contener el impulso de avanzar demasiado deprisa. Cada músculo de su cuerpo gritaba una orden distinta de la que finalmente obedecía. Cuando por fin llegó hasta el borde de la grieta, se dejó caer de rodillas sin apartar los ojos del terreno. Solo entonces se permitió mirarla. Y durante una fracción de segundo el Protector desapareció. Aurora vio al hombre.

Vio el color abandonar su rostro. Vio cómo sus labios se entreabrían sin que llegara a salir ninguna palabra. Vio un alivio tan inmenso que casi parecía dolor. Después, igual que quien vuelve a colocarse una armadura conocida, Sahir respiró hondo y recuperó el control.

—Voy a sacarte de aquí.

No era una promesa. Era una certeza. Y, por primera vez desde que había abandonado el campamento, Aurora creyó que todo iba a salir bien.