Bajo el Sol de Sirak
Los salari viven en movimiento. Los salari viajan de una punta a otra de El Salar. Lo recorren, lo vigilan, lo cuidan.
Sus memorias guardan cada detalle y recopilan cada acontecimiento. El Salar cuenta su historia mientras ellos caminan, y los salari escuchan al desierto. Porque quien no escucha, no entiende; quien no entiende, no ve; y quien no ve, no sobrevive.
Esa es la sabiduría del desierto y la de los salari. Son como dos viejos amantes que se conocen y se respetan mientras caminan juntos.
Capítulo IV. Los nombres del
viento
En la Biblioteca de Arena existía
una costumbre que desconcertaba a casi todos los extranjeros.
Las Recopiladoras rara vez
hablaban de "arena".
Había arena de lluvia, arena de
crecida, arena dormida, arena joven, arena rota, arena de cristal y una docena
más de nombres que describían no tanto su aspecto como la historia que escondía
cada grano.
Aurora había aprendido aquella
forma de hablar desde niña.
Las palabras eran herramientas.
Si una palabra no bastaba para
comprender algo, simplemente había que buscar otra mejor.
Por eso, cuando acompañaba a los
Protectores, se sorprendía de que utilizaran un vocabulario completamente
distinto.
No distinguían la arena.
Distinguían el viento.
Había viento que ocultaba
huellas.
Viento que anunciaba lluvia.
Viento que engañaba a las aves.
Viento que secaba demasiado
deprisa los odres.
Viento que obligaba a dormir con
la cabeza orientada hacia el oeste.
Todo aquello le parecía
fascinante.
Una tarde, mientras el resto del
grupo descansaba bajo un saliente de roca esperando que descendiera un poco la
temperatura, encontró a Sahir revisando las cinchas de uno de los animales de
carga.
Trabajaba despacio, comprobando
cada nudo con la misma paciencia con la que un restaurador limpia un pergamino
antiguo.
Aurora se sentó sobre una piedra
cercana.
No dijo nada.
Sahir tampoco.
Habían compartido suficientes
caminatas para descubrir que el silencio podía ser agradable.
Fue ella quien terminó
rompiéndolo.
—¿Cómo sabes qué viento está
soplando?
Él siguió trabajando unos
instantes antes de responder.
—Porque no todos empujan igual.
Aquella respuesta provocó
exactamente el efecto que él esperaba.
Aurora frunció el ceño.
—Eso no explica nada.
Sahir dejó escapar una sonrisa
apenas visible.
—Lo imaginaba.
Terminó de tensar la última
correa y se incorporó.
—Ven.
Caminaron unos metros hasta
alejarse del campamento. Allí el viento corría libre entre dos lomas de roca.
Sahir cerró los ojos.
—Haz lo mismo.
Aurora obedeció.
—¿Qué notas?
Ella permaneció inmóvil unos
segundos.
—Calor.
—Eso no es el viento.
—Arena.
—Tampoco.
Aurora volvió a concentrarse.
El silencio se prolongó tanto que
comenzó a pensar que se estaba equivocando.
Entonces lo percibió.
No era una sensación en la piel.
Era...
otra cosa.
—Empuja...
Sahir esperó.
—No siempre igual.
Él abrió los ojos.
—Sigue.
Aurora levantó lentamente una
mano.
—Hay momentos en los que parece
empujar desde arriba.
Y otros...
como si resbalara.
Sahir asintió.
—Ese es el viento de hoy.
Ella abrió los ojos con una
expresión de absoluto asombro.
—Nunca me había dado cuenta.
—Porque siempre estabas mirando.
Aurora tardó un instante en
comprender.
Él continuó.
—Los Recopiladores observáis el
mundo con los ojos.
Los Protectores lo hacemos con
todo el cuerpo.
Durante unos segundos ninguno
habló.
Aurora dejó que el viento
siguiera golpeándole el rostro.
No intentó describirlo.
Solo escucharlo.
Cuando regresaron al campamento
caminaban despacio.
Ella seguía absorta en aquella
sensación recién descubierta.
Al cabo de unos minutos habló
casi para sí misma.
—Supongo que por eso nunca había
entendido cómo encontráis un camino cuando la tormenta borra todas las huellas.
Sahir asintió.
—Las huellas desaparecen.
El viento no.
Aquella conversación cambió algo
en la rutina de ambos.
Desde entonces, siempre que
coincidían en una expedición, Sahir dedicaba unos minutos a enseñarle pequeñas
cosas que ningún libro recogía.
Cómo distinguir un animal enfermo
por la forma en que dejaba las pisadas.
Cómo saber si una cuerda estaba a
punto de romperse simplemente al tensarla entre los dedos.
Cómo elegir una roca que
conservaría el calor suficiente para cocinar cuando el sol ya hubiera
desaparecido.
Aurora escuchaba con una atención
absoluta.
Nunca fingía saber algo que
ignoraba.
Tampoco intentaba impresionar.
Si no entendía una explicación,
volvía a preguntar desde el principio sin el menor rastro de vergüenza.
Aquella honestidad resultaba
extrañamente refrescante para Sahir.
Estaba acostumbrado a jóvenes
Protectores que ocultaban sus dudas por orgullo y terminaban aprendiendo a base
de errores.
Aurora hacía exactamente lo
contrario.
Prefería parecer ignorante
durante cinco minutos antes que equivocarse toda la vida.
Y eso, pensó más de una vez, requería un valor poco común.
Los días se convirtieron en
semanas.
Las semanas comenzaron a
confundirse unas con otras.
Cuando Sahir regresaba de una
patrulla, casi siempre encontraba a Aurora en la Biblioteca, inclinada sobre
una mesa cubierta de pergaminos, con una trenza deshecha y manchas de tinta en
los dedos.
Ella levantaba la vista al oír
sus pasos.
No sonreía inmediatamente.
Primero intentaba adivinar,
observándolo.
—Has dormido poco.
Él arqueaba una ceja.
—¿Cómo lo sabes?
—Tienes arena en las botas.
Eso significa que no te las has
quitado antes de acostarte.
Y solo haces eso cuando llegas
demasiado cansado.
Sahir miró sus propias botas.
Tenía razón.
Aquello empezaba a ser
inquietante.
—O has estado en el sur.
Aurora señaló una costra
blanquecina cerca de la suela.
—Esa sal no aparece en esta zona.
Él soltó una risa baja.
—¿También estudiáis Protectores
en la Biblioteca?
Ella negó con total naturalidad.
—No.
Te estudio a ti.
Las palabras quedaron suspendidas
entre ambos.
Aurora continuó ordenando unos
pergaminos como si acabara de decir la cosa más evidente del mundo.
Solo unos segundos después
comprendió cómo había sonado.
Levantó la cabeza de golpe.
—¡No, quería decir...!
Sahir ya estaba riéndose.
No de ella.
Con ella.
Y Aurora terminó riéndose
también, escondiendo la cara entre las manos mientras murmuraba:
—Algún día aprenderé a hablar
antes de pensar.
—Espero que no.
Ella levantó la vista.
—¿Por qué?
Sahir apoyó un brazo sobre el
marco de la puerta.
—Porque entonces dejarías de ser
tú.
Aurora permaneció inmóvil.
No era un cumplido.
Ni un halago.
Era una constatación sencilla,
dicha con la misma naturalidad con la que habría afirmado que al día siguiente
saldría el sol.
Y, por primera vez desde que lo
conocía, sintió un calor extraño subirle por las mejillas.
No supo ponerle nombre.
Sahir tampoco.
Pero, al salir de la Biblioteca,
ambos caminaron un poco más despacio de lo habitual, como si el mundo hubiera
cambiado apenas un grado y ninguno quisiera romper el delicado equilibrio que
acababa de nacer entre ellos.

