Bajo el Sol de Sirak
Los salari reparan, mantienen, enseñan y cuidan. Y lo hacen sin borrar la historia de aquello que tocan.
Cualquiera sabe hacer lo básico: coser una correa, remendar una tela, afilar una hoja, reparar un cuenco. Para trabajos más sofisticados están los maestros artesanos, siempre muy populares en nuestra tribu.
Porque en El Salar las manos rara vez están ociosas. Trabajan mientras el cuerpo descansa, mientras se conversa, mientras la mente divaga.
Las manos trabajan mientras el cuerpo y la mente descansan.
Capítulo VIII. Las manos del desierto
Aurora tardó varias semanas en
descubrir que las manos de Sahir siempre estaban ocupadas.
No era una cualidad que llamara
la atención a primera vista. De hecho, la mayoría de las personas jamás la
habría advertido. Si alguien le hubiera preguntado cómo era aquel Protector,
probablemente habría respondido que era tranquilo, paciente y sorprendentemente
difícil de sacar de quicio. Habría mencionado su forma de caminar, siempre
alerta pero sin transmitir inquietud, o esa costumbre suya de escuchar antes de
hablar, como si cada respuesta necesitara asentarse un momento antes de
abandonar sus labios.
Pero Aurora se fijaba en otras cosas. Las manos de Sahir nunca permanecían quietas.
Mientras esperaba a que hirviera
el agua, aprovechaba para reparar el asa de una olla que llevaba días
ligeramente torcida. Si alguien terminaba de comer y dejaba un cuenco con una
pequeña grieta, él lo recogía sin hacer comentarios y desaparecía unos minutos
para devolverlo remendado con una resina que apenas dejaba ver la fractura.
Cuando los niños jugaban entre las jaimas, Sahir era el primero en recoger las
cuerdas que habían quedado atravesando un camino o en devolver una piedra al
lugar del que alguien la había movido para improvisar una fortaleza.
No parecía considerarlo trabajo. Simplemente... lo hacía.
Aurora comenzó a esperarlo casi
sin darse cuenta. Si encontraba una herramienta desafilada, no preguntaba quién
podía arreglarla. La dejaba cerca de la entrada de la jaima donde dormían los
Protectores y, dos días después, la encontraba de nuevo en el mismo sitio,
perfectamente preparada para volver a usarse.
Nunca supo quién la había afilado. No necesitaba preguntar.
Una tarde regresó de una pequeña expedición con los dedos manchados de carbón y las rodillas cubiertas de polvo gris. Había pasado horas copiando unas inscripciones casi borradas en el interior de una antigua cisterna y el esfuerzo le había dejado la espalda rígida y los hombros doloridos.
Nada más dejar la mochila sobre el suelo descubrió que una de las correas se había rasgado. La observó con resignación.
Era una mochila vieja. La había
acompañado desde que comenzó su Viaje y cada remiendo contaba una historia
distinta. Aquella nueva rotura no era grave, pero tendría que coserla antes de
volver a salir.
Buscó aguja e hilo entre sus
pertenencias y, después de vaciar medio petate sin éxito, terminó aceptando que
debía de haberlos olvidado en el último campamento.
Resopló.
—Eso me pasa por confiar en mi
memoria.
Dejó la mochila a un lado con la intención de pedir material prestado al día siguiente y se marchó a cenar. Cuando regresó, ya de noche, la correa estaba reparada. No era un simple cosido. Alguien había sustituido la pieza dañada por una tira de cuero nueva, reforzando además las uniones más desgastadas del resto de la mochila. El trabajo era tan limpio que costaba distinguir qué partes eran originales y cuáles habían sido reemplazadas.
Aurora pasó los dedos por las costuras una a una. No eran las suyas. Ella cosía con prisa. Aquellas puntadas, en cambio, eran regulares, firmes y discretas, como si quien las hubiera hecho hubiera procurado que la reparación pasara inadvertida. No necesitó preguntar.
Encontró a Sahir sentado junto al
fuego, afilando lentamente una pequeña hoja de cocina mientras escuchaba la
conversación de dos ancianos que discutían sobre la ubicación de un viejo pozo
desaparecido.
Se acercó con la mochila al hombro. Él levantó la vista apenas un instante.
—¿Qué tal las inscripciones?
Aurora dejó la mochila en el
suelo.
—Las inscripciones bien. La mochila... también.
Sahir sonrió de esa manera casi
imperceptible que parecía mover únicamente la comisura izquierda de los labios.
—Me alegro.
No añadió nada más. Tampoco ella.
Durante unos segundos
permanecieron escuchando la discusión de los ancianos, que había derivado hacia
una apasionada controversia sobre si el pozo estaba junto a una acacia que ya
no existía o junto a otra que llevaba dos generaciones muerta.
Aurora acarició distraídamente la
nueva correa.
—No tenías por qué hacerlo.
Sahir dejó el cuchillo sobre una
piedra plana y limpió la hoja con un trozo de tela.
—Lo sé.
Aquella respuesta la hizo sonreír. No había falsa modestia. Ni excusas. Ni frases grandilocuentes sobre ayudarse unos a otros. Simplemente lo sabía. Lo había hecho porque le había parecido lo correcto. Nada más.
Esa noche, mientras copiaba las notas del día a la luz de una lámpara de aceite, Aurora descubrió que había dejado de pensar en Sahir como "el Protector". Seguía sin saber demasiado sobre él.
Ignoraba qué sueños había tenido
de niño, qué temores guardaba o cuántas veces había estado realmente cerca de
la muerte.
Sin embargo, comenzaba a conocer algo mucho más difícil de describir. Estaba aprendiendo la forma que tenía de habitar el mundo. Y comprendió que existían personas cuya presencia no llenaba una habitación. La reparaban.
Cuando apagó la lámpara y se acostó, la mochila descansaba apoyada junto a su camastro. Antes de cerrar los ojos, alargó una mano y pasó los dedos por la correa recién cosida. Sonrió para sí. Había dedicado toda la vida a recopilar historias escritas por desconocidos. Nunca imaginó que acabaría aprendiendo a leer a una persona a través de la forma en que remendaba un trozo de cuero.
A la mañana siguiente, la mochila
parecía exactamente la misma de siempre. La tira nueva había adquirido durante
la noche el mismo tono que el resto del cuero gracias al polvo fino del
campamento, y cualquiera habría pensado que llevaba allí desde hacía años.
Aurora sintió una satisfacción extraña al comprobarlo. Le desagradaban las
reparaciones que llamaban la atención sobre sí mismas. Había aprendido desde
niña que un buen remiendo era aquel que respetaba la historia del objeto en
lugar de intentar sustituirla. Las cosas no dejaban de ser valiosas porque
envejecieran; al contrario, cada marca añadía una pequeña capa de memoria.
Mientras preparaba el equipo para
la jornada, se descubrió observando a Sahir de reojo. Estaba ayudando a uno de
los muchachos más jóvenes a ajustar correctamente las correas de un odre nuevo.
No daba órdenes. No corregía con impaciencia. Simplemente dejaba que el
muchacho lo intentara una vez, luego otra y una tercera, hasta que finalmente
las manos encontraban por sí solas la tensión adecuada. Solo entonces asentía
con una leve inclinación de cabeza, como si el mérito perteneciera por completo
al aprendiz.
Aurora comprendió que aquella era
otra de sus costumbres. Sahir jamás hacía por los demás aquello que podían
aprender a hacer solos. Reparaba una mochila porque ella no tenía aguja ni
cuero a mano, pero jamás habría preparado su equipaje en su lugar. Ayudaba sin
sustituir. Protegía sin invadir. Había una delicadeza inmensa en esa forma de
cuidar, una delicadeza que no tenía nada que ver con la fragilidad y mucho con
el respeto.
La expedición de aquel día los
llevó hacia una zona donde el terreno se quebraba en una sucesión de barrancos
poco profundos. Las lluvias esporádicas habían excavado durante siglos una red
de pequeños cauces secos que cambiaban de aspecto con cada estación. Aurora
avanzaba fascinada. Cada pared de roca conservaba vetas de colores distintos, y
algunas mostraban capas tan perfectamente definidas que era posible leer en
ellas la historia del antiguo mar que, según los viejos relatos, había ocupado
aquel lugar mucho antes de que existiera El Salar.
Se detenía a menudo para dibujar
un perfil, recoger una muestra o tomar alguna nota apresurada en los márgenes
de su cuaderno. Sahir no la apresuraba. Caminaba unos metros por delante y se
limitaba a elegir el recorrido más seguro, deteniéndose de vez en cuando para
comprobar que ella seguía detrás.
Fue precisamente en uno de
aquellos altos cuando Aurora levantó la vista y descubrió que Sahir no estaba
observando el paisaje.
La estaba observando a ella.
No había curiosidad en sus ojos.
Tampoco esa expresión distraída de quien espera a un compañero rezagado. Era
una mirada tranquila, casi reflexiva, como si estuviera intentando comprender
algo.
Aurora sonrió.
—¿Qué pasa?
Él tardó un momento en responder.
—Estaba pensando.
—Eso suele ser peligroso.
La respuesta le arrancó una
sonrisa casi imperceptible.
—Empiezo a creer que eres incapaz
de caminar diez pasos seguidos sin encontrar algo que merezca detenerse.
Aurora fingió indignación.
—Eso es completamente falso.
Avanzó tres pasos. Se detuvo. Se agachó junto a una piedra. Sahir cruzó los brazos con una paciencia infinita. Ella levantó un pequeño fragmento de cerámica apenas mayor que la uña de un dedo.
—Esto no estaba aquí la última
vez que pasé.
Él no preguntó cómo podía
recordar un detalle semejante. Hacía tiempo que había renunciado a medir la
memoria de Aurora con los mismos criterios que utilizaba para el resto de las
personas.
Ella limpiaba con cuidado la
superficie del fragmento mientras hablaba más para sí misma que para él.
—La corriente ha debido de
arrastrarlo desde algún estrato superior. Si hay uno, puede haber más. Y si hay
más...
Su voz fue apagándose poco a poco hasta desaparecer. Toda su atención estaba ya concentrada en la tierra. Sahir la contempló con una mezcla de resignación y afecto.
Pensó que jamás lograría entender
cómo era posible entusiasmarse de aquella manera por un trozo de barro cocido
que cualquier otra persona habría confundido con una piedra.
Y, sin embargo, empezaba a
sospechar que precisamente esa capacidad era una de las razones por las que
disfrutaba tanto de su compañía.
Aurora obligaba al mundo a
revelar detalles que llevaban siglos esperando a que alguien los mirara.
Mientras ella continuaba
excavando con la ayuda de un pequeño pincel, él alzó la vista hacia el
horizonte. El viento había cambiado ligeramente de dirección y una fina cortina
de polvo comenzaba a levantarse a varios kilómetros de distancia. No era peligroso
todavía, pero dentro de un par de horas el regreso sería bastante más incómodo
si se entretenían demasiado.
Estuvo a punto de avisarla. No lo hizo.
En lugar de eso, dejó la lanza
apoyada contra una roca, se arrodilló a su lado y empezó a retirar con las
manos las piedras más grandes que cubrían el terreno.
Aurora levantó la cabeza,
sorprendida.
—¿Qué haces?
Sahir siguió trabajando sin dejar
de mirar el suelo.
—Si vamos a llegar tarde por
culpa de una vasija de hace quinientos años, al menos procuremos encontrarla
entera.
Aurora lo contempló unos segundos sin decir nada. Después sonrió de esa manera luminosa que hacía desaparecer el cansancio de su rostro.
Y, sin que ninguno de los dos
fuera todavía consciente de ello, aquel instante resultó mucho más importante
que cualquier confesión amorosa.
Porque amar a alguien no siempre
empieza cuando uno descubre que el otro es extraordinario.
A veces empieza el día en que,
sin hacer preguntas y sin esperar explicaciones, se arrodilla a tu lado para
ayudarte a buscar aquello que solo tú eres capaz de ver.

