Dicen que es mejor haber amado y haber perdido que no haber amado nunca.
Eso lo dijo alguien. Un señor. Un poeta. Supongo que con muy buena intención.
También dicen que quien no se consuela es porque no quiere. Otra aportación imprescindible de la humanidad al pensamiento universal.
A veces me pregunto si todos esos sabios populares se reunían en algún sitio para inventar frases destinadas a sonar profundas y resultar irritantes exactamente cuando más falta hacía una respuesta de verdad.
Porque el amor tiene la fea costumbre de doler.
Y no hablo solo del romántico.
Hablo de todo aquello que importa.
Las personas.
Los animales.
Las canciones.
Las historias.
Los padres.
Los hijos.
Los amigos.
Las cosas que uno ama tienen la indecencia de ser mortales, frágiles o simplemente de marcharse.
Y entonces llegan los expertos en consolar.
"Quédate con los recuerdos."
Como si los recuerdos abrazaran.
Como si pudieran sentarse a tu lado en el sofá o discutir contigo por una tontería.
Como si el recuerdo fuera una versión de saldo de una persona.
Así que, sí, algunas noches me pregunto si no sería más sensato cerrar por amor.
Echar la persiana.
No admitir clientes.
Declarar el establecimiento emocional clausurado por exceso de daños.
Y, sin embargo, sospecho que no serviría de nada.
Porque el amor es un ocupante ilegal.
Entra sin permiso.
Se instala.
Rompe cosas.
Y cuando se marcha, o te lo arrebatan, deja la casa hecha un desastre y a ti discutiendo a la una de la mañana con un poeta muerto hace más de un siglo.
No sé si merece la pena.
No tengo una respuesta.
Y desconfío bastante de quien dice tenerla.
Pero aquí seguimos.
Amando.
Llorando por personas reales y por personajes de ficción.
Protestando.
Enfadándonos.
Y, de alguna manera absurda, volviendo a empezar.
Lo cual quizá demuestre que somos idiotas.
O quizá no.
Todavía no lo tengo claro.