martes, 9 de junio de 2026

DEL AMOR Y OTRAS GILIPOLLECES

 Dicen que es mejor haber amado y haber perdido que no haber amado nunca.

Eso lo dijo alguien. Un señor. Un poeta. Supongo que con muy buena intención.

También dicen que quien no se consuela es porque no quiere. Otra aportación imprescindible de la humanidad al pensamiento universal.

A veces me pregunto si todos esos sabios populares se reunían en algún sitio para inventar frases destinadas a sonar profundas y resultar irritantes exactamente cuando más falta hacía una respuesta de verdad.

Porque el amor tiene la fea costumbre de doler.

Y no hablo solo del romántico.

Hablo de todo aquello que importa.

Las personas.

Los animales.

Las canciones.

Las historias.

Los padres.

Los hijos.

Los amigos.

Las cosas que uno ama tienen la indecencia de ser mortales, frágiles o simplemente de marcharse.

Y entonces llegan los expertos en consolar.

"Quédate con los recuerdos."

Como si los recuerdos abrazaran.

Como si pudieran sentarse a tu lado en el sofá o discutir contigo por una tontería.

Como si el recuerdo fuera una versión de saldo de una persona.

Así que, sí, algunas noches me pregunto si no sería más sensato cerrar por amor.

Echar la persiana.

No admitir clientes.

Declarar el establecimiento emocional clausurado por exceso de daños.

Y, sin embargo, sospecho que no serviría de nada.

Porque el amor es un ocupante ilegal.

Entra sin permiso.

Se instala.

Rompe cosas.

Y cuando se marcha, o te lo arrebatan, deja la casa hecha un desastre y a ti discutiendo a la una de la mañana con un poeta muerto hace más de un siglo.

No sé si merece la pena.

No tengo una respuesta.

Y desconfío bastante de quien dice tenerla.

Pero aquí seguimos.

Amando.

Llorando por personas reales y por personajes de ficción.

Protestando.

Enfadándonos.

Y, de alguna manera absurda, volviendo a empezar.

Lo cual quizá demuestre que somos idiotas.

O quizá no.

Todavía no lo tengo claro.

lunes, 9 de febrero de 2026

SOCIOLOGÍA DE PASILLO (o cómo una sala de espera explica mejor a la humanidad que cien libros)

 Hay lugares donde el ser humano baja la guardia sin darse cuenta.

No son los grandes escenarios ni los discursos públicos. Son los pasillos de un ambulatorio, las salas de urgencias, las consultas saturadas donde una pantalla de números gobierna el destino inmediato de veinte personas sentadas en sillas de plástico.

Allí, sin que nadie lo anuncie, se imparte una clase magistral de comportamiento colectivo.

El sistema está diseñado para ordenar: pantallas, turnos, máquinas de tarjeta sanitaria, horarios impresos.
La teoría dice que todo es claro, lógico y eficiente. La práctica dice que el cerebro humano, cuando está cansado, preocupado o simplemente despistado, prefiere preguntar a la primera bata blanca que ve antes que leer un cartel de veinte centímetros.

En un pasillo se observan micro-rituales invisibles:

La mirada constante a la pantalla, como si pudiera cambiar de número por pura insistencia visual.
El suspiro colectivo cuando algo se retrasa.
La persona que se levanta y se sienta sin motivo, solo para sentir que aún tiene control sobre algo.
El que se coloca estratégicamente cerca de la puerta, convencido de que la proximidad física acelera el turno.

También aparecen jerarquías espontáneas.
Siempre hay alguien que “sabe cómo funciona esto” y se convierte en guía improvisado.
Siempre hay quien pregunta en voz alta lo que otros piensan en silencio.
Y siempre hay quien se equivoca y disimula con dignidad teatral.

Dentro de la consulta el tiempo es distinto.
Fuera, cada minuto pesa.
Dentro, agradeces que no te despachen.
Fuera, deseas que nadie se entretenga.
Es la misma persona, en dos estados emocionales opuestos separados por una puerta.

Los profesionales sanitarios, dependientes o administrativos se convierten en interfaces humanas de sistemas que ellos no diseñaron.
Reciben preguntas que ya están respondidas en la pared, quejas que pertenecen a otra ventanilla y urgencias que son más emocionales que médicas.
Y aun así sostienen el equilibrio con una paciencia que rara vez figura en sus contratos.

Lo fascinante es que nadie actúa “para ser observado”.
No hay escenario, no hay aplauso, no hay máscara social elaborada.
Solo personas intentando no equivocarse, no perder su turno, no molestar demasiado y, si es posible, salir cuanto antes.

Si un sociólogo quisiera entender cómo funcionamos en grupo, no necesitaría grandes congresos ni encuestas masivas.
Le bastaría una silla de plástico, un número impreso y veinte minutos de espera.

Porque en esos pasillos no se estudia la sociedad.
Se la ve respirar.