viernes, 14 de agosto de 2026

Bajo el Sol de Sirak (IV)

Bajo el Sol de Sirak




Los salari viven en movimiento. Los salari viajan de una punta a otra de El Salar. Lo recorren, lo vigilan, lo cuidan. 

Sus memorias guardan cada detalle y recopilan cada acontecimiento. El Salar cuenta su historia mientras ellos caminan, y los salari escuchan al desierto. Porque quien no escucha, no entiende; quien no entiende, no ve; y quien no ve, no sobrevive. 

Esa es la sabiduría del desierto y la de los salari. Son como dos viejos amantes que se conocen y se respetan mientras caminan juntos.



Capítulo IV. Los nombres del viento

En la Biblioteca de Arena existía una costumbre que desconcertaba a casi todos los extranjeros.

Las Recopiladoras rara vez hablaban de "arena".

Había arena de lluvia, arena de crecida, arena dormida, arena joven, arena rota, arena de cristal y una docena más de nombres que describían no tanto su aspecto como la historia que escondía cada grano.

Aurora había aprendido aquella forma de hablar desde niña.

Las palabras eran herramientas.

Si una palabra no bastaba para comprender algo, simplemente había que buscar otra mejor.

Por eso, cuando acompañaba a los Protectores, se sorprendía de que utilizaran un vocabulario completamente distinto.

No distinguían la arena.

Distinguían el viento.

Había viento que ocultaba huellas.

Viento que anunciaba lluvia.

Viento que engañaba a las aves.

Viento que secaba demasiado deprisa los odres.

Viento que obligaba a dormir con la cabeza orientada hacia el oeste.

Todo aquello le parecía fascinante.

Una tarde, mientras el resto del grupo descansaba bajo un saliente de roca esperando que descendiera un poco la temperatura, encontró a Sahir revisando las cinchas de uno de los animales de carga.

Trabajaba despacio, comprobando cada nudo con la misma paciencia con la que un restaurador limpia un pergamino antiguo.

Aurora se sentó sobre una piedra cercana.

No dijo nada.

Sahir tampoco.

Habían compartido suficientes caminatas para descubrir que el silencio podía ser agradable.

Fue ella quien terminó rompiéndolo.

—¿Cómo sabes qué viento está soplando?

Él siguió trabajando unos instantes antes de responder.

—Porque no todos empujan igual.

Aquella respuesta provocó exactamente el efecto que él esperaba.

Aurora frunció el ceño.

—Eso no explica nada.

Sahir dejó escapar una sonrisa apenas visible.

—Lo imaginaba.

Terminó de tensar la última correa y se incorporó.

—Ven.

Caminaron unos metros hasta alejarse del campamento. Allí el viento corría libre entre dos lomas de roca.

Sahir cerró los ojos.

—Haz lo mismo.

Aurora obedeció.

—¿Qué notas?

Ella permaneció inmóvil unos segundos.

—Calor.

—Eso no es el viento.

—Arena.

—Tampoco.

Aurora volvió a concentrarse.

El silencio se prolongó tanto que comenzó a pensar que se estaba equivocando.

Entonces lo percibió.

No era una sensación en la piel.

Era...

otra cosa.

—Empuja...

Sahir esperó.

—No siempre igual.

Él abrió los ojos.

—Sigue.

Aurora levantó lentamente una mano.

—Hay momentos en los que parece empujar desde arriba.

Y otros...

como si resbalara.

Sahir asintió.

—Ese es el viento de hoy.

Ella abrió los ojos con una expresión de absoluto asombro.

—Nunca me había dado cuenta.

—Porque siempre estabas mirando.

Aurora tardó un instante en comprender.

Él continuó.

—Los Recopiladores observáis el mundo con los ojos.

Los Protectores lo hacemos con todo el cuerpo.

Durante unos segundos ninguno habló.

Aurora dejó que el viento siguiera golpeándole el rostro.

No intentó describirlo.

Solo escucharlo.

Cuando regresaron al campamento caminaban despacio.

Ella seguía absorta en aquella sensación recién descubierta.

Al cabo de unos minutos habló casi para sí misma.

—Supongo que por eso nunca había entendido cómo encontráis un camino cuando la tormenta borra todas las huellas.

Sahir asintió.

—Las huellas desaparecen.

El viento no.


Aquella conversación cambió algo en la rutina de ambos.

Desde entonces, siempre que coincidían en una expedición, Sahir dedicaba unos minutos a enseñarle pequeñas cosas que ningún libro recogía.

Cómo distinguir un animal enfermo por la forma en que dejaba las pisadas.

Cómo saber si una cuerda estaba a punto de romperse simplemente al tensarla entre los dedos.

Cómo elegir una roca que conservaría el calor suficiente para cocinar cuando el sol ya hubiera desaparecido.

Aurora escuchaba con una atención absoluta.

Nunca fingía saber algo que ignoraba.

Tampoco intentaba impresionar.

Si no entendía una explicación, volvía a preguntar desde el principio sin el menor rastro de vergüenza.

Aquella honestidad resultaba extrañamente refrescante para Sahir.

Estaba acostumbrado a jóvenes Protectores que ocultaban sus dudas por orgullo y terminaban aprendiendo a base de errores.

Aurora hacía exactamente lo contrario.

Prefería parecer ignorante durante cinco minutos antes que equivocarse toda la vida.

Y eso, pensó más de una vez, requería un valor poco común.

Los días se convirtieron en semanas.

Las semanas comenzaron a confundirse unas con otras.

Cuando Sahir regresaba de una patrulla, casi siempre encontraba a Aurora en la Biblioteca, inclinada sobre una mesa cubierta de pergaminos, con una trenza deshecha y manchas de tinta en los dedos.

Ella levantaba la vista al oír sus pasos.

No sonreía inmediatamente.

Primero intentaba adivinar, observándolo.

—Has dormido poco.

Él arqueaba una ceja.

—¿Cómo lo sabes?

—Tienes arena en las botas.

Eso significa que no te las has quitado antes de acostarte.

Y solo haces eso cuando llegas demasiado cansado.

Sahir miró sus propias botas.

Tenía razón.

Aquello empezaba a ser inquietante.

—O has estado en el sur.

Aurora señaló una costra blanquecina cerca de la suela.

—Esa sal no aparece en esta zona.

Él soltó una risa baja.

—¿También estudiáis Protectores en la Biblioteca?

Ella negó con total naturalidad.

—No.

Te estudio a ti.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Aurora continuó ordenando unos pergaminos como si acabara de decir la cosa más evidente del mundo.

Solo unos segundos después comprendió cómo había sonado.

Levantó la cabeza de golpe.

—¡No, quería decir...!

Sahir ya estaba riéndose.

No de ella.

Con ella.

Y Aurora terminó riéndose también, escondiendo la cara entre las manos mientras murmuraba:

—Algún día aprenderé a hablar antes de pensar.

—Espero que no.

Ella levantó la vista.

—¿Por qué?

Sahir apoyó un brazo sobre el marco de la puerta.

—Porque entonces dejarías de ser tú.

Aurora permaneció inmóvil.

No era un cumplido.

Ni un halago.

Era una constatación sencilla, dicha con la misma naturalidad con la que habría afirmado que al día siguiente saldría el sol.

Y, por primera vez desde que lo conocía, sintió un calor extraño subirle por las mejillas.

No supo ponerle nombre.

Sahir tampoco.

Pero, al salir de la Biblioteca, ambos caminaron un poco más despacio de lo habitual, como si el mundo hubiera cambiado apenas un grado y ninguno quisiera romper el delicado equilibrio que acababa de nacer entre ellos.


Bajo el Sol de Sirak (III)

Bajo el Sol de Sirak

    Los salari nacieron de El Salar. Nacieron para recorrer sus caminos, para darle voz y para guardar su memoria. Porque incluso el desierto necesita a alguien que recuerde sus historias.

    La Humanidad no surgió de un paraíso. Surgió de El Salar. Por eso los salari llevan la sal en la sangre.


Capítulo III. El camino más largo

    En El Salar existía un dicho que los Protectores repetían a los jóvenes cuando estos comenzaban su instrucción.

"El camino más corto es el que te permite volver."

    No significaba recorrer menos distancia.

    Significaba regresar con todos.

    Sahir había crecido escuchando aquellas palabras y, con el tiempo, había descubierto que servían para casi cualquier decisión importante. Un Protector no elegía la ruta más rápida, sino aquella en la que la caravana tendría más posibilidades de sobrevivir. A veces eso implicaba caminar dos días más para evitar una garganta donde podían producirse desprendimientos; otras, renunciar a un pozo aparentemente cercano porque las últimas lluvias habían contaminado el agua con sal amarga.

    Aurora, en cambio, parecía regirse por una filosofía completamente distinta.

    Para ella, el camino más interesante era siempre el que obligaba a detenerse.

    Aquella diferencia quedó clara pocas jornadas después de la expedición al antiguo depósito.

    La Biblioteca de Arena había recibido una colección de tablillas de barro procedentes de un pequeño asentamiento abandonado en el extremo occidental del Salar. Varias Recopiladoras iban a desplazarse hasta allí para inventariar los hallazgos y Aurora fue autorizada a acompañarlas. No ocultó su alegría; llevaba varios días preparando la mochila con un entusiasmo casi infantil, revisando una y otra vez sus pinceles, los frascos para muestras, las cuerdas y los cuadernos, hasta el punto de que Naira terminó diciéndole, entre divertida y resignada, que no pensaba descubrir un continente nuevo durante una salida de cuatro días.

    Cuando llegaron al lugar, el asentamiento resultó ser poco más que un puñado de muros de piedra devorados por la arena. El viento había cubierto casi todas las habitaciones y solo permanecían visibles algunos dinteles inclinados y los restos de un patio donde todavía sobrevivía un árbol seco. No parecía un sitio especialmente prometedor, pero Aurora caminaba entre las ruinas con la expresión de quien acaba de entrar en el salón de un viejo amigo.

    Sahir observaba la escena desde cierta distancia.

    Los Protectores tenían poco que hacer mientras las Recopiladoras trabajaban. Comprobaban el perímetro, organizaban los turnos de vigilancia y revisaban los animales de carga. Después solo quedaba esperar.

    Aurora llevaba casi una hora moviéndose de una habitación a otra cuando él decidió acercarse. La encontró arrodillada en el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas y el rostro a escasos centímetros de una pared.

—¿Has encontrado algo?

    Ella negó sin apartar la vista.

—Todavía no.

    Él esperó unos segundos.

—Entonces... ¿qué haces?

    Aurora sonrió.

—Estoy intentando averiguar por qué la ventana está orientada hacia el este.

    Sahir contempló la abertura.

    Era una ventana.

    Pequeña.

    Rectangular.

    No parecía esconder ningún misterio.

—Porque quien construyó la casa quiso hacerla ahí.

    Aurora soltó una risa baja.

—Sí, claro. Pero las personas casi nunca hacen las cosas "porque sí". Si alguien abre una ventana hacia el este es porque espera algo de ese lado. Luz al amanecer. Menos arena cuando sopla el sirok. Ver llegar a alguien. O quizá porque desde aquí se veía una montaña que ya no existe.

    Mientras hablaba, recorría la pared con las yemas de los dedos como si leyera un texto invisible.

—Cada decisión deja un rastro. A veces solo hace falta hacerse la pregunta adecuada.

Sahir no respondió.

    Era la segunda vez que aquella muchacha conseguía que un objeto completamente corriente dejara de parecerlo.

    La primera había sido una piedra.

    Ahora era una ventana.

    Empezaba a sospechar que el problema no estaba en las cosas, sino en la manera en que él las miraba.


    Aquella noche levantaron el campamento entre las ruinas. Las temperaturas descendían con rapidez después de la puesta de sol y las conversaciones se reunieron alrededor del fuego mientras la cena terminaba de cocerse lentamente.

    Aurora sostenía un cuenco entre las manos y escuchaba a una de las Recopiladoras veteranas contar historias sobre antiguos asentamientos desaparecidos bajo las dunas. Hacía preguntas de vez en cuando, siempre las justas para que la narradora continuara hablando. No interrumpía por impaciencia; lo hacía porque quería comprender.

    Sahir permanecía algo apartado, ocupándose de revisar las armas antes del turno de guardia.

    Notó unos pasos acercándose.

    Sin levantar la vista dijo:

—Si vienes a preguntarme por qué afilo la espada de esa manera, la respuesta es "porque funciona".

    Aurora permaneció inmóvil un instante.

—Venía a preguntarte otra cosa.

    Él levantó la cabeza.

    Ella seguía sujetando el cuenco entre las manos.

—¿Cuál fue la primera vez que tuviste miedo?

    La pregunta quedó suspendida entre ambos.

    No era incómoda.

    Era inesperada.

    Sahir apoyó lentamente la piedra de afilar sobre una tela.

—¿Por qué quieres saberlo?

    Aurora bajó la mirada hacia el cuenco, como si buscara allí las palabras adecuadas.

—Porque hoy he estado pensando en la gente que vivió aquí. Todos hablamos de las ciudades antiguas, de los grandes viajes o de las guerras, pero casi nunca pensamos en las personas normales. Me pregunto si tenían los mismos miedos que nosotros.

    Levantó de nuevo los ojos.

—Y me he dado cuenta de que no sé cuál fue el tuyo.

    Sahir guardó silencio durante un buen rato.

    No estaba acostumbrado a responder preguntas así. Los Protectores hablaban de rutas, de armas, de tormentas. Los recuerdos personales rara vez salían de los círculos familiares.

    Sin embargo, la curiosidad de Aurora nunca sonaba invasiva.

    Jamás preguntaba para satisfacer un cotilleo.

    Preguntaba porque, para ella, conocer a una persona era otra forma de estudiar el mundo.

    Finalmente respondió.

—Tenía nueve años. Mi padre tardó dos días más de lo previsto en regresar de una patrulla.

    Aurora no dijo nada.

    Él continuó.

—No pasó nada. Solo quedó aislado por una tormenta de arena.

    Volvió a coger la espada.

—Pero yo aún no lo sabía.

    Aurora sonrió con una ternura inesperada.

—Entonces tu miedo no era la tormenta.

    Era perder a alguien.

    Sahir dejó de mover la piedra de afilar.

    Nunca lo había formulado de ese modo.

    Y, sin embargo, tenía razón.

    La muchacha dio un pequeño sorbo al caldo, completamente satisfecha con haber encontrado una respuesta más. Después se levantó con naturalidad.

—Gracias.

—¿Solo era eso?

    Aurora lo miró extrañada.

—Sí.

—Pensaba que habría veinte preguntas más.

    Ella soltó una carcajada.

—Mañana.

    Y se marchó hacia el fuego dejando a Sahir solo con la espada entre las manos.

    Durante un largo rato permaneció inmóvil, contemplando las chispas que ascendían hacia el cielo oscuro del desierto.

    No entendía muy bien qué estaba ocurriendo.

    Solo sabía una cosa.

    Cada conversación con Aurora le dejaba la extraña sensación de haber descubierto algo sobre sí mismo que llevaba años sin ver.

Bajo el Sol de Sirak (II)

Bajo el Sol de Sirak

 El Salar es todo un mundo. Hay quien solo ve sol, arena y sal, pero hay vida bajo cada grano, historias tras cada huella y caminos donde otros solo ven vacío.






Capítulo II. Una piedra en el camino

La primera vez que hablaron fue por culpa de una piedra.

Años después, cuando Aurora intentaba reconstruir el recuerdo, siempre acababa riéndose de la ironía. En la Biblioteca de Arena había aprendido a distinguir cerámicas de distintas épocas, pigmentos obtenidos de líquenes casi extinguidos y hasta los pequeños cambios que el viento dejaba sobre una inscripción con el paso de las estaciones. Sin embargo, el acontecimiento que terminaría llevándola a conocer a Sahir no fue un manuscrito olvidado ni una reliquia extraordinaria.

Fue una piedra.

La expedición había partido antes del amanecer. La luz todavía era azul cuando abandonaron el Hogar y comenzaron a internarse entre las dunas. Delante caminaban dos Protectores; detrás, un pequeño carro con odres vacíos que debían llenarse en un antiguo depósito de agua cuya existencia solo conocían unas pocas tribus. Aurora formaba parte del grupo porque una Recopiladora veterana, llamada Naira, quería comprobar unas marcas descritas en un cuaderno de hacía casi un siglo. Según aquellas notas, los antiguos habían dejado símbolos grabados cerca del depósito para indicar la calidad del agua durante las distintas épocas del año.

Aurora llevaba el cuaderno sujeto contra el pecho como si fuera un tesoro.

Cada cierto tiempo lo abría, comparaba el paisaje con las anotaciones y volvía a cerrarlo con una expresión pensativa. Para ella, aquellas páginas no eran simples palabras; eran una conversación mantenida con una persona muerta hacía mucho tiempo. Le maravillaba pensar que alguien hubiera recorrido exactamente aquel mismo camino décadas atrás, deteniéndose quizá en las mismas sombras para descansar y observando el mismo perfil de las montañas contra el cielo.

Sahir había reparado en ella desde el principio.

No porque destacara especialmente —en realidad era una muchacha pequeña para los estándares de El Salar—, sino porque nunca caminaba de forma regular. Avanzaba unos metros con rapidez y, de pronto, desaparecía del grupo para agacharse junto a una planta, una roca o un montón de arena cuya importancia escapaba al resto de los presentes.

Las dos primeras veces no dijo nada.

La tercera empezó a contar mentalmente el tiempo.

Uno...

Dos...

Tres...

Cuando llegó a veinte, la muchacha seguía acuclillada con el cuaderno abierto, dibujando algo con una concentración absoluta.

Sahir abandonó la cabeza de la marcha y regresó sobre sus pasos sin apresurarse. Los demás ni siquiera parecieron sorprenderse; era una maniobra habitual. Un Protector no solo vigilaba los peligros del exterior. También debía asegurarse de que nadie del grupo quedara rezagado.

Aurora no levantó la cabeza cuando él se detuvo a su lado.

Tenía los dedos cubiertos de un fino polvo blanco que retiraba con enorme delicadeza de una roca medio enterrada. Después copiaba unas líneas en el margen del cuaderno, volvía a limpiar un poco más y regresaba a las notas.

Sahir esperó.

Era una cualidad que había aprendido con los años. Muchas situaciones se resolvían solas si uno concedía unos instantes de silencio.

Cuando comprobó que aquello no iba a suceder, habló con tranquilidad.

—Tenemos que seguir.

Aurora levantó un dedo sin apartar la vista de la roca.

—Un momento.

Él miró el cielo. El sol todavía estaba bajo, pero conocía demasiado bien el desierto para saber cuánto tardaría el calor en convertir la marcha en un esfuerzo mucho mayor.

—El grupo no puede detenerse por una piedra.

Ella terminó la última anotación antes de cerrar cuidadosamente el cuaderno. Solo entonces se incorporó, se sacudió las rodillas y sonrió con una naturalidad que desarmaba cualquier intento de enfado.

—No era una piedra.

Sahir arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

Aurora señaló la superficie con entusiasmo.

—Mira aquí.

Él obedeció por simple cortesía.

Seguía viendo una piedra.

—¿Ves estas tres líneas?

Tardó un momento en distinguirlas.

Eran tan poco profundas que el viento casi las había borrado.

—Las hizo una herramienta metálica, no la erosión. Y aquí... ¿ves este pequeño triángulo? No es un dibujo. Es un marcador. En los manuscritos antiguos aparece asociado a los depósitos de agua con alto contenido en sal amarga.

Sahir guardó silencio.

Ella hablaba deprisa, como quien teme que las ideas escapen antes de pronunciarlas.

—Si el cuaderno tiene razón, esto significa que hace al menos ochenta años este camino ya era utilizado por los Recopiladores. Y, además, que alguien se preocupó de dejar información para quienes vinieran después. ¿No te parece extraordinario?

Él volvió a mirar la piedra.

No.

Seguía sin parecerle extraordinaria.

Pero la expresión de Aurora sí.

Aquellos ojos grises brillaban con la misma intensidad que había visto en algunos niños cuando encontraban por primera vez una flor nacida después de las lluvias. No fingía entusiasmo. Lo sentía de verdad.

Y aquello resultaba... contagioso.

—¿Has terminado?

Ella sonrió con una mezcla de satisfacción y disculpa.

—Sí.

Comenzaron a caminar de nuevo.

Durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada. Aurora aprovechó para guardar el cuaderno en su bolsa mientras intentaba alcanzar al resto del grupo. Sahir volvió a ocupar su lugar unos pasos por delante.

Fue ella quien rompió el silencio.

—¿Te he hecho perder mucho tiempo?

Él respondió sin girarse.

—Dos minutos y treinta y siete segundos.

Aurora abrió mucho los ojos.

—¿Los has contado?

—Sí.

Permaneció callada unos instantes antes de preguntar, completamente seria:

—¿Lo haces con todo?

Por primera vez desde que la conocía, Sahir sonrió.

Era una sonrisa apenas perceptible, más intuida que vista.

—Solo con las Recopiladoras que hablan con las piedras.

Aurora tardó un segundo en comprender que aquello había sido una broma.

Después soltó una carcajada tan limpia que incluso uno de los Protectores que caminaba más adelante volvió la cabeza, sorprendido.

Y Sahir descubrió, sin darle demasiada importancia, que aquella risa le había alegrado la mañana.


Bajo el sol de Sirak (I)

Bajo el Sol de Sirak 

Sirak, el viento abrasador del desierto.

    Su aliento endurece la tierra y hace que hasta el agua olvide que alguna vez fue río.

    Su llegada se anuncia cuando el horizonte comienza a temblar y el aire adquiere un brillo dorado. Entonces el desierto contiene el aliento. Los animales buscan refugio, las plantas se repliegan sobre sí mismas y quienes conocen a Sirak se preparan para soportar su paso.

    Dicen que soplaba sobre estas tierras mucho antes de que los hombres les dieran nombre. Que ha visto levantarse ciudades y las ha visto desaparecer bajo la arena. Que conoce historias que nadie recuerda y secretos que ningún hombre llegó a contar.

    Y algunas veces, cuando Sirak cruza el desierto, trae consigo una de esas historias.

    Esta es una de ellas.

Capítulo I. El Protector

    El primer recuerdo que Aurora conservaría de Sahir no sería su voz ni su rostro, sino la manera en que parecía avanzar por el desierto sin alterar el equilibrio del paisaje.

    Bajo el sol inmóvil de Sirak, mientras la caravana descendía lentamente entre las dunas cubiertas de costras de sal, aquel hombre caminaba en cabeza con una naturalidad que casi hacía pensar que el camino existía porque él lo recorría y no al revés. No necesitaba mirar el terreno para esquivar una piedra ni volvía la cabeza para comprobar que los demás lo seguían; aun así, daba la impresión de percibir cada movimiento a su alrededor. Los niños corrían junto a los animales de carga, los mercaderes discutían sobre el estado de los odres y los viajeros celebraban el regreso al Hogar después de varios días de travesía, pero Sahir permanecía atento al horizonte con esa calma serena de quien ha aprendido que el peligro rara vez anuncia su llegada.

    Aurora observaba la escena desde la terraza de la Biblioteca de Arena, donde una suave brisa conseguía aliviar apenas el calor del mediodía. Había subido allí con la intención de copiar unos antiguos mapas antes de que la luz comenzara a declinar, pero la llegada de la caravana había interrumpido el trabajo de casi todo el edificio. Algunas Recopiladoras salían para recibir noticias, otras buscaban a familiares entre los recién llegados y los más pequeños corrían de un lado a otro intentando averiguar qué historias traían consigo los viajeros.

    Ella, sin embargo, no buscaba a nadie. Le fascinaba contemplar el regreso de quienes habían pasado semanas lejos del Hogar. Cada grupo volvía cubierto de polvo y cansancio, pero también de pequeñas historias que todavía no habían sido contadas: rutas nuevas, pozos descubiertos, tormentas evitadas por poco, animales nunca vistos o ruinas que aguardaban pacientemente bajo siglos de arena. Para Aurora, cada expedición representaba una promesa de conocimiento, y pocas cosas despertaban más su curiosidad.

    Fue entonces cuando reparó en aquel hombre.

    No destacaba por llevar la armadura más elaborada ni por su estatura, aunque era alto incluso entre los Protectores. Lo que llamaba la atención era otra cosa mucho más difícil de definir. Había personas cuya presencia parecía llenar un espacio simplemente por existir, sin necesidad de hablar ni reclamar atención. Sahir pertenecía a esa clase de individuos. Su forma de caminar era tranquila, económica, casi silenciosa; cada paso parecía medido para no desperdiciar una sola gota de energía, como si llevara toda la vida aprendiendo del propio desierto.

    Aurora inclinó ligeramente la cabeza.

—Camina raro.

    La voz de la anciana que trabajaba a su lado sonó divertida.

—¿Raro?

—Sí. Todo el mundo mueve los brazos al andar. Él casi no lo hace.

    La mujer dejó de ordenar los pergaminos para mirar también hacia la plaza.

—Es Protector.

    Aurora esperó una explicación más larga. No llegó.

—¿Y?

—Que un Protector nunca deja de observar. Si balanceara los brazos como cualquier otro caminante, su cuerpo hablaría de descanso. Él no está descansando.

    Aurora volvió a fijarse en el hombre. Solo entonces comprendió lo que la anciana quería decir. Mientras los demás intercambiaban saludos, buscaban familiares entre la multitud o descargaban los carros, Sahir parecía registrar silenciosamente todo cuanto ocurría a su alrededor. Sus ojos recorrían las azoteas, las callejuelas, las entradas de las jaimas y las posiciones de los demás Protectores con la misma naturalidad con la que otros respiraban. No transmitía inquietud; al contrario, daba la impresión de que aquella vigilancia constante era tan instintiva para él como caminar.

—¿Cómo se llama?

—Sahir.

    La anciana pronunció el nombre sin añadir nada más, como si bastara para describir al hombre.

    Aurora asintió despacio y volvió la vista hacia sus mapas. Durante unos minutos intentó concentrarse en las anotaciones que estaba copiando, pero descubrió que seguía levantando la cabeza una y otra vez para observar al Protector mientras ayudaba a descargar los carros. No daba órdenes. No hablaba más de lo necesario. Simplemente estaba allí, comprobando que cada persona ocupara su lugar y que el regreso terminara con la misma tranquilidad con la que había comenzado.

    Aquello le pareció curioso.

    En los libros se hablaba a menudo de los grandes guerreros, de los héroes que vencían monstruos o defendían caravanas enteras, pero nadie escribía sobre hombres que parecían dedicar su vida a evitar que las desgracias llegaran siquiera a producirse. Era un tipo de mérito silencioso, casi invisible, y precisamente por eso despertó la curiosidad de Aurora.

    No volvió a pensar en Sahir durante las semanas siguientes.

    Había demasiadas cosas que aprender.

    Demasiados manuscritos que clasificar.

    Demasiadas historias que escuchar de labios de los viajeros.

    Y, sin embargo, muchos años después, cuando intentó recordar la primera vez que lo había visto, comprendió que aquel instante había permanecido intacto en su memoria con una claridad sorprendente. No porque entonces hubiera sentido nada especial por él, sino porque aquella fue la primera vez que descubrió que existían personas cuya forma de estar en el mundo podía resultar tan interesante como cualquier ruina antigua.