sábado, 15 de agosto de 2026

Bajo el Sol de Sirak (V)

Bajo el Sol de Sirak





 

"A veces llueve en El Salar.

Entonces el agua despierta aquello que llevaba meses esperando bajo la arena. Durante unos pocos días, el desierto se cubre de flores y la vida ocupa cada rincón.

Los salari caminan con cuidado.

Porque cuando El Salar florece, el desierto también está ocupado."


Capítulo V. El pan de las Recopiladoras

El primer invierno que Aurora acompañó con regularidad a las expediciones coincidió con una estación de lluvias especialmente generosa. El Salar seguía siendo un desierto, pero durante unas pocas semanas el paisaje cambiaba de una manera casi milagrosa. Allí donde unos días antes solo había costras de sal y tierra agrietada, comenzaban a aparecer diminutas flores de pétalos blancos, tan frágiles que el viento podía arrancarlas de un soplo.

Las caravanas reducían entonces el ritmo de sus viajes.

No por comodidad.

Porque el desierto también estaba ocupado.

Los pequeños herbívoros abandonaban sus madrigueras, las aves migratorias regresaban durante unas jornadas y hasta los insectos parecían multiplicarse alrededor de los charcos efímeros. Atravesar aquellas zonas sin cuidado era como caminar por un pueblo lleno de gente.

Aurora adoraba esa época del año.

Naira solía bromear diciendo que las Recopiladoras jóvenes eran incapaces de recorrer diez pasos sin detenerse a admirar alguna planta nueva, y Aurora se esforzaba por demostrar que la afirmación era completamente injusta.

Ella podía recorrer doce.

Aquel día el campamento se había levantado junto a una formación rocosa que protegía del viento del norte. Mientras las Recopiladoras clasificaban las muestras recogidas durante la mañana, varios Protectores preparaban la comida.

Aurora levantó la vista de sus anotaciones y observó a Sahir inclinado sobre una piedra plana que utilizaban como mesa improvisada. Estaba amasando con absoluta tranquilidad una mezcla de harina, agua y un puñado de semillas.

No parecía una tarea especialmente complicada.

Aurora dejó el cuaderno sobre las rodillas.

—¿Qué haces?

Sahir no levantó la cabeza.

—Pan.

—Eso ya lo veo.

—Entonces la explicación ha sido suficiente.

Ella sonrió.

Con el tiempo había aprendido que aquel era el sentido del humor de Sahir. Tan seco como el propio Salar.

Se acercó hasta la piedra.

—Nunca he hecho pan.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

Él continuó amasando.

—Porque acabas de decir que nunca has hecho pan.

Aurora frunció el ceño.

—A veces eres desesperante.

—Eso también lo sé.

Durante unos segundos permaneció observando el movimiento de sus manos.

No había brusquedad.

Cada gesto parecía repetido cientos de veces.

La masa cedía bajo la presión de los dedos, giraba un cuarto de vuelta y volvía a plegarse sobre sí misma con una cadencia casi hipnótica.

—¿Puedo intentarlo?

Sahir apartó las manos sin decir una palabra.

Aurora ocupó su lugar.

Apoyó ambas palmas sobre la masa.

Empujó.

La masa salió despedida de la piedra y aterrizó sobre la arena con un sonido sordo.

Durante unos instantes reinó un silencio absoluto.

Después uno de los Protectores soltó una carcajada.

Luego otro.

Incluso Naira levantó la vista desde sus pergaminos para comprobar qué había ocurrido.

Aurora contempló la masa medio enterrada con expresión de auténtica tragedia.

—Creo...

—Sí.

—...que he cometido un pequeño error.

Sahir caminó tranquilamente hasta recogerla.

La examinó.

Sacudió la arena con paciencia.

Y la dejó otra vez sobre la piedra.

—El pan del desierto lleva más minerales de lo habitual.

Aurora terminó riéndose también.

—No vuelvas a decir eso delante de una Recopiladora. Alguien acabará escribiéndolo.

Aquella tarde, mientras el pan terminaba de cocerse sobre una gran losa caliente, Aurora insistió en aprender.

No aceptó un "ya lo haré yo".

Quería entender por qué la masa se rompía.

Por qué había que dejarla reposar.

Qué ocurría si el agua estaba demasiado fría.

O demasiado caliente.

Sahir respondió a todas las preguntas con la paciencia que siempre parecía reservarle.

Al cabo de casi una hora, Aurora consiguió formar un pequeño pan redondo que, aunque algo irregular, conservaba al menos la dignidad suficiente para recibir ese nombre.

Lo sostuvo entre las manos con una satisfacción difícil de describir.

—No está mal.

Sahir inclinó ligeramente la cabeza.

—No.

No está mal.

Aurora sonrió.

Aquel elogio equivalía, viniendo de él, a un discurso entero.

La cena transcurría entre conversaciones tranquilas cuando uno de los muchachos más jóvenes del grupo dio un mordisco al pan preparado por Aurora. Masticó despacio. Después levantó la vista.

—Está duro.

Aurora abrió mucho los ojos.

—¿Mucho?

El muchacho golpeó el pan suavemente contra la piedra. Sonó casi como una pieza de cerámica. Los Protectores rompieron a reír. Aurora escondió la cara entre las manos.

—No pienso volver a cocinar nunca.

Sahir alargó el brazo. Partió un trozo del pan con cierto esfuerzo. Lo probó. Masticó sin cambiar de expresión. Todos esperaban su veredicto.

Finalmente dijo:

—Servirá para construir una muralla pequeña.

Las carcajadas resonaron por todo el campamento. Aurora tardó apenas un segundo en coger una ramita del suelo y lanzársela. Sahir la esquivó sin dificultad.

—Te odio.

—No.

Todavía no.

Ella sonrió.

—No te acostumbres.

—Lo intentaré.

Naira observaba la escena desde el otro lado del fuego mientras removía lentamente su cuenco de caldo. Una de las Recopiladoras veteranas se inclinó hacia ella.

—¿Qué ocurre?

Naira sonrió sin apartar la vista de los dos jóvenes.

—Nada.

Hizo una pausa.

—Solo estaba pensando que hacía mucho tiempo que no veía reír tanto a Sahir.

La otra mujer siguió la dirección de su mirada.

Aurora estaba discutiendo muy seriamente con él sobre si un pan excesivamente duro podía seguir considerándose pan. Sahir respondía con frases cortas. Ella con razonamientos larguísimos. Y, sin que ninguno pareciera darse cuenta, ambos sonreían casi todo el tiempo. La veterana dejó escapar un suspiro.

—Pobres.

—¿Por qué pobres?

—Porque todavía creen que solo están conversando.

Naira negó despacio.

—No.

Todavía no están enamorados.

La mujer arqueó una ceja.

—¿Tan segura estás?

Naira observó a Aurora unos segundos más antes de responder.

—Sí.

Pero ya han empezado a esperarse. Y eso... Eso suele ser el principio de todo.


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