viernes, 14 de agosto de 2026

Bajo el Sol de Sirak (II)

Bajo el Sol de Sirak

 El Salar es todo un mundo. Hay quien solo ve sol, arena y sal, pero hay vida bajo cada grano, historias tras cada huella y caminos donde otros solo ven vacío.






Capítulo II. Una piedra en el camino

La primera vez que hablaron fue por culpa de una piedra.

Años después, cuando Aurora intentaba reconstruir el recuerdo, siempre acababa riéndose de la ironía. En la Biblioteca de Arena había aprendido a distinguir cerámicas de distintas épocas, pigmentos obtenidos de líquenes casi extinguidos y hasta los pequeños cambios que el viento dejaba sobre una inscripción con el paso de las estaciones. Sin embargo, el acontecimiento que terminaría llevándola a conocer a Sahir no fue un manuscrito olvidado ni una reliquia extraordinaria.

Fue una piedra.

La expedición había partido antes del amanecer. La luz todavía era azul cuando abandonaron el Hogar y comenzaron a internarse entre las dunas. Delante caminaban dos Protectores; detrás, un pequeño carro con odres vacíos que debían llenarse en un antiguo depósito de agua cuya existencia solo conocían unas pocas tribus. Aurora formaba parte del grupo porque una Recopiladora veterana, llamada Naira, quería comprobar unas marcas descritas en un cuaderno de hacía casi un siglo. Según aquellas notas, los antiguos habían dejado símbolos grabados cerca del depósito para indicar la calidad del agua durante las distintas épocas del año.

Aurora llevaba el cuaderno sujeto contra el pecho como si fuera un tesoro.

Cada cierto tiempo lo abría, comparaba el paisaje con las anotaciones y volvía a cerrarlo con una expresión pensativa. Para ella, aquellas páginas no eran simples palabras; eran una conversación mantenida con una persona muerta hacía mucho tiempo. Le maravillaba pensar que alguien hubiera recorrido exactamente aquel mismo camino décadas atrás, deteniéndose quizá en las mismas sombras para descansar y observando el mismo perfil de las montañas contra el cielo.

Sahir había reparado en ella desde el principio.

No porque destacara especialmente —en realidad era una muchacha pequeña para los estándares de El Salar—, sino porque nunca caminaba de forma regular. Avanzaba unos metros con rapidez y, de pronto, desaparecía del grupo para agacharse junto a una planta, una roca o un montón de arena cuya importancia escapaba al resto de los presentes.

Las dos primeras veces no dijo nada.

La tercera empezó a contar mentalmente el tiempo.

Uno...

Dos...

Tres...

Cuando llegó a veinte, la muchacha seguía acuclillada con el cuaderno abierto, dibujando algo con una concentración absoluta.

Sahir abandonó la cabeza de la marcha y regresó sobre sus pasos sin apresurarse. Los demás ni siquiera parecieron sorprenderse; era una maniobra habitual. Un Protector no solo vigilaba los peligros del exterior. También debía asegurarse de que nadie del grupo quedara rezagado.

Aurora no levantó la cabeza cuando él se detuvo a su lado.

Tenía los dedos cubiertos de un fino polvo blanco que retiraba con enorme delicadeza de una roca medio enterrada. Después copiaba unas líneas en el margen del cuaderno, volvía a limpiar un poco más y regresaba a las notas.

Sahir esperó.

Era una cualidad que había aprendido con los años. Muchas situaciones se resolvían solas si uno concedía unos instantes de silencio.

Cuando comprobó que aquello no iba a suceder, habló con tranquilidad.

—Tenemos que seguir.

Aurora levantó un dedo sin apartar la vista de la roca.

—Un momento.

Él miró el cielo. El sol todavía estaba bajo, pero conocía demasiado bien el desierto para saber cuánto tardaría el calor en convertir la marcha en un esfuerzo mucho mayor.

—El grupo no puede detenerse por una piedra.

Ella terminó la última anotación antes de cerrar cuidadosamente el cuaderno. Solo entonces se incorporó, se sacudió las rodillas y sonrió con una naturalidad que desarmaba cualquier intento de enfado.

—No era una piedra.

Sahir arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

Aurora señaló la superficie con entusiasmo.

—Mira aquí.

Él obedeció por simple cortesía.

Seguía viendo una piedra.

—¿Ves estas tres líneas?

Tardó un momento en distinguirlas.

Eran tan poco profundas que el viento casi las había borrado.

—Las hizo una herramienta metálica, no la erosión. Y aquí... ¿ves este pequeño triángulo? No es un dibujo. Es un marcador. En los manuscritos antiguos aparece asociado a los depósitos de agua con alto contenido en sal amarga.

Sahir guardó silencio.

Ella hablaba deprisa, como quien teme que las ideas escapen antes de pronunciarlas.

—Si el cuaderno tiene razón, esto significa que hace al menos ochenta años este camino ya era utilizado por los Recopiladores. Y, además, que alguien se preocupó de dejar información para quienes vinieran después. ¿No te parece extraordinario?

Él volvió a mirar la piedra.

No.

Seguía sin parecerle extraordinaria.

Pero la expresión de Aurora sí.

Aquellos ojos grises brillaban con la misma intensidad que había visto en algunos niños cuando encontraban por primera vez una flor nacida después de las lluvias. No fingía entusiasmo. Lo sentía de verdad.

Y aquello resultaba... contagioso.

—¿Has terminado?

Ella sonrió con una mezcla de satisfacción y disculpa.

—Sí.

Comenzaron a caminar de nuevo.

Durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada. Aurora aprovechó para guardar el cuaderno en su bolsa mientras intentaba alcanzar al resto del grupo. Sahir volvió a ocupar su lugar unos pasos por delante.

Fue ella quien rompió el silencio.

—¿Te he hecho perder mucho tiempo?

Él respondió sin girarse.

—Dos minutos y treinta y siete segundos.

Aurora abrió mucho los ojos.

—¿Los has contado?

—Sí.

Permaneció callada unos instantes antes de preguntar, completamente seria:

—¿Lo haces con todo?

Por primera vez desde que la conocía, Sahir sonrió.

Era una sonrisa apenas perceptible, más intuida que vista.

—Solo con las Recopiladoras que hablan con las piedras.

Aurora tardó un segundo en comprender que aquello había sido una broma.

Después soltó una carcajada tan limpia que incluso uno de los Protectores que caminaba más adelante volvió la cabeza, sorprendido.

Y Sahir descubrió, sin darle demasiada importancia, que aquella risa le había alegrado la mañana.


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