Bajo el Sol de Sirak
Capítulo II. Una piedra en el
camino
La primera vez que hablaron fue
por culpa de una piedra.
Años después, cuando Aurora
intentaba reconstruir el recuerdo, siempre acababa riéndose de la ironía. En la
Biblioteca de Arena había aprendido a distinguir cerámicas de distintas épocas,
pigmentos obtenidos de líquenes casi extinguidos y hasta los pequeños cambios
que el viento dejaba sobre una inscripción con el paso de las estaciones. Sin
embargo, el acontecimiento que terminaría llevándola a conocer a Sahir no fue
un manuscrito olvidado ni una reliquia extraordinaria.
Fue una piedra.
La expedición había partido antes
del amanecer. La luz todavía era azul cuando abandonaron el Hogar y comenzaron
a internarse entre las dunas. Delante caminaban dos Protectores; detrás, un
pequeño carro con odres vacíos que debían llenarse en un antiguo depósito de
agua cuya existencia solo conocían unas pocas tribus. Aurora formaba parte del
grupo porque una Recopiladora veterana, llamada Naira, quería comprobar unas
marcas descritas en un cuaderno de hacía casi un siglo. Según aquellas notas,
los antiguos habían dejado símbolos grabados cerca del depósito para indicar la
calidad del agua durante las distintas épocas del año.
Aurora llevaba el cuaderno sujeto
contra el pecho como si fuera un tesoro.
Cada cierto tiempo lo abría,
comparaba el paisaje con las anotaciones y volvía a cerrarlo con una expresión
pensativa. Para ella, aquellas páginas no eran simples palabras; eran una
conversación mantenida con una persona muerta hacía mucho tiempo. Le maravillaba
pensar que alguien hubiera recorrido exactamente aquel mismo camino décadas
atrás, deteniéndose quizá en las mismas sombras para descansar y observando el
mismo perfil de las montañas contra el cielo.
Sahir había reparado en ella
desde el principio.
No porque destacara especialmente
—en realidad era una muchacha pequeña para los estándares de El Salar—, sino
porque nunca caminaba de forma regular. Avanzaba unos metros con rapidez y, de
pronto, desaparecía del grupo para agacharse junto a una planta, una roca o un
montón de arena cuya importancia escapaba al resto de los presentes.
Las dos primeras veces no dijo
nada.
La tercera empezó a contar
mentalmente el tiempo.
Uno...
Dos...
Tres...
Cuando llegó a veinte, la
muchacha seguía acuclillada con el cuaderno abierto, dibujando algo con una
concentración absoluta.
Sahir abandonó la cabeza de la
marcha y regresó sobre sus pasos sin apresurarse. Los demás ni siquiera
parecieron sorprenderse; era una maniobra habitual. Un Protector no solo
vigilaba los peligros del exterior. También debía asegurarse de que nadie del grupo
quedara rezagado.
Aurora no levantó la cabeza
cuando él se detuvo a su lado.
Tenía los dedos cubiertos de un
fino polvo blanco que retiraba con enorme delicadeza de una roca medio
enterrada. Después copiaba unas líneas en el margen del cuaderno, volvía a
limpiar un poco más y regresaba a las notas.
Sahir esperó.
Era una cualidad que había
aprendido con los años. Muchas situaciones se resolvían solas si uno concedía
unos instantes de silencio.
Cuando comprobó que aquello no
iba a suceder, habló con tranquilidad.
—Tenemos que seguir.
Aurora levantó un dedo sin
apartar la vista de la roca.
—Un momento.
Él miró el cielo. El sol todavía
estaba bajo, pero conocía demasiado bien el desierto para saber cuánto tardaría
el calor en convertir la marcha en un esfuerzo mucho mayor.
—El grupo no puede detenerse por
una piedra.
Ella terminó la última anotación
antes de cerrar cuidadosamente el cuaderno. Solo entonces se incorporó, se
sacudió las rodillas y sonrió con una naturalidad que desarmaba cualquier
intento de enfado.
—No era una piedra.
Sahir arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
Aurora señaló la superficie con
entusiasmo.
—Mira aquí.
Él obedeció por simple cortesía.
Seguía viendo una piedra.
—¿Ves estas tres líneas?
Tardó un momento en
distinguirlas.
Eran tan poco profundas que el
viento casi las había borrado.
—Las hizo una herramienta
metálica, no la erosión. Y aquí... ¿ves este pequeño triángulo? No es un
dibujo. Es un marcador. En los manuscritos antiguos aparece asociado a los
depósitos de agua con alto contenido en sal amarga.
Sahir guardó silencio.
Ella hablaba deprisa, como quien
teme que las ideas escapen antes de pronunciarlas.
—Si el cuaderno tiene razón, esto
significa que hace al menos ochenta años este camino ya era utilizado por los
Recopiladores. Y, además, que alguien se preocupó de dejar información para
quienes vinieran después. ¿No te parece extraordinario?
Él volvió a mirar la piedra.
No.
Seguía sin parecerle
extraordinaria.
Pero la expresión de Aurora sí.
Aquellos ojos grises brillaban
con la misma intensidad que había visto en algunos niños cuando encontraban por
primera vez una flor nacida después de las lluvias. No fingía entusiasmo. Lo
sentía de verdad.
Y aquello resultaba...
contagioso.
—¿Has terminado?
Ella sonrió con una mezcla de
satisfacción y disculpa.
—Sí.
Comenzaron a caminar de nuevo.
Durante un buen rato ninguno de
los dos dijo nada. Aurora aprovechó para guardar el cuaderno en su bolsa
mientras intentaba alcanzar al resto del grupo. Sahir volvió a ocupar su lugar
unos pasos por delante.
Fue ella quien rompió el
silencio.
—¿Te he hecho perder mucho
tiempo?
Él respondió sin girarse.
—Dos minutos y treinta y siete
segundos.
Aurora abrió mucho los ojos.
—¿Los has contado?
—Sí.
Permaneció callada unos instantes
antes de preguntar, completamente seria:
—¿Lo haces con todo?
Por primera vez desde que la
conocía, Sahir sonrió.
Era una sonrisa apenas
perceptible, más intuida que vista.
—Solo con las Recopiladoras que
hablan con las piedras.
Aurora tardó un segundo en
comprender que aquello había sido una broma.
Después soltó una carcajada tan
limpia que incluso uno de los Protectores que caminaba más adelante volvió la
cabeza, sorprendido.
Y Sahir descubrió, sin darle
demasiada importancia, que aquella risa le había alegrado la mañana.

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