Bajo el Sol de Sirak
Los salari nacieron de El Salar. Nacieron para recorrer sus caminos, para darle voz y para guardar su memoria. Porque incluso el desierto necesita a alguien que recuerde sus historias.La Humanidad no surgió de un paraíso. Surgió de El Salar. Por eso los salari llevan la sal en la sangre.
Capítulo III. El camino más
largo
En El Salar existía un dicho que
los Protectores repetían a los jóvenes cuando estos comenzaban su instrucción.
"El camino más corto es
el que te permite volver."
No significaba recorrer menos
distancia.
Significaba regresar con todos.
Sahir había crecido escuchando
aquellas palabras y, con el tiempo, había descubierto que servían para casi
cualquier decisión importante. Un Protector no elegía la ruta más rápida, sino
aquella en la que la caravana tendría más posibilidades de sobrevivir. A veces
eso implicaba caminar dos días más para evitar una garganta donde podían
producirse desprendimientos; otras, renunciar a un pozo aparentemente cercano
porque las últimas lluvias habían contaminado el agua con sal amarga.
Aurora, en cambio, parecía
regirse por una filosofía completamente distinta.
Para ella, el camino más
interesante era siempre el que obligaba a detenerse.
Aquella diferencia quedó clara
pocas jornadas después de la expedición al antiguo depósito.
La Biblioteca de Arena había
recibido una colección de tablillas de barro procedentes de un pequeño
asentamiento abandonado en el extremo occidental del Salar. Varias
Recopiladoras iban a desplazarse hasta allí para inventariar los hallazgos y
Aurora fue autorizada a acompañarlas. No ocultó su alegría; llevaba varios días
preparando la mochila con un entusiasmo casi infantil, revisando una y otra vez
sus pinceles, los frascos para muestras, las cuerdas y los cuadernos, hasta el
punto de que Naira terminó diciéndole, entre divertida y resignada, que no
pensaba descubrir un continente nuevo durante una salida de cuatro días.
Cuando llegaron al lugar, el
asentamiento resultó ser poco más que un puñado de muros de piedra devorados
por la arena. El viento había cubierto casi todas las habitaciones y solo
permanecían visibles algunos dinteles inclinados y los restos de un patio donde
todavía sobrevivía un árbol seco. No parecía un sitio especialmente prometedor,
pero Aurora caminaba entre las ruinas con la expresión de quien acaba de entrar
en el salón de un viejo amigo.
Sahir observaba la escena desde
cierta distancia.
Los Protectores tenían poco que
hacer mientras las Recopiladoras trabajaban. Comprobaban el perímetro,
organizaban los turnos de vigilancia y revisaban los animales de carga. Después
solo quedaba esperar.
Aurora llevaba casi una hora
moviéndose de una habitación a otra cuando él decidió acercarse. La encontró
arrodillada en el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas y el rostro
a escasos centímetros de una pared.
—¿Has encontrado algo?
Ella negó sin apartar la vista.
—Todavía no.
Él esperó unos segundos.
—Entonces... ¿qué haces?
Aurora sonrió.
—Estoy intentando averiguar por
qué la ventana está orientada hacia el este.
Sahir contempló la abertura.
Era una ventana.
Pequeña.
Rectangular.
No parecía esconder ningún
misterio.
—Porque quien construyó la casa
quiso hacerla ahí.
Aurora soltó una risa baja.
—Sí, claro. Pero las personas
casi nunca hacen las cosas "porque sí". Si alguien abre una ventana
hacia el este es porque espera algo de ese lado. Luz al amanecer. Menos arena
cuando sopla el sirok. Ver llegar a alguien. O quizá porque desde aquí se veía
una montaña que ya no existe.
Mientras hablaba, recorría la
pared con las yemas de los dedos como si leyera un texto invisible.
—Cada decisión deja un rastro. A
veces solo hace falta hacerse la pregunta adecuada.
Sahir no respondió.
Era la segunda vez que aquella
muchacha conseguía que un objeto completamente corriente dejara de parecerlo.
La primera había sido una piedra.
Ahora era una ventana.
Empezaba a sospechar que el
problema no estaba en las cosas, sino en la manera en que él las miraba.
Aquella noche levantaron el
campamento entre las ruinas. Las temperaturas descendían con rapidez después de
la puesta de sol y las conversaciones se reunieron alrededor del fuego mientras
la cena terminaba de cocerse lentamente.
Aurora sostenía un cuenco entre
las manos y escuchaba a una de las Recopiladoras veteranas contar historias
sobre antiguos asentamientos desaparecidos bajo las dunas. Hacía preguntas de
vez en cuando, siempre las justas para que la narradora continuara hablando. No
interrumpía por impaciencia; lo hacía porque quería comprender.
Sahir permanecía algo apartado,
ocupándose de revisar las armas antes del turno de guardia.
Notó unos pasos acercándose.
Sin levantar la vista dijo:
—Si vienes a preguntarme por qué
afilo la espada de esa manera, la respuesta es "porque funciona".
Aurora permaneció inmóvil un
instante.
—Venía a preguntarte otra cosa.
Él levantó la cabeza.
Ella seguía sujetando el cuenco
entre las manos.
—¿Cuál fue la primera vez que
tuviste miedo?
La pregunta quedó suspendida
entre ambos.
No era incómoda.
Era inesperada.
Sahir apoyó lentamente la piedra
de afilar sobre una tela.
—¿Por qué quieres saberlo?
Aurora bajó la mirada hacia el
cuenco, como si buscara allí las palabras adecuadas.
—Porque hoy he estado pensando en
la gente que vivió aquí. Todos hablamos de las ciudades antiguas, de los
grandes viajes o de las guerras, pero casi nunca pensamos en las personas
normales. Me pregunto si tenían los mismos miedos que nosotros.
Levantó de nuevo los ojos.
—Y me he dado cuenta de que no sé
cuál fue el tuyo.
Sahir guardó silencio durante un
buen rato.
No estaba acostumbrado a
responder preguntas así. Los Protectores hablaban de rutas, de armas, de
tormentas. Los recuerdos personales rara vez salían de los círculos familiares.
Sin embargo, la curiosidad de
Aurora nunca sonaba invasiva.
Jamás preguntaba para satisfacer
un cotilleo.
Preguntaba porque, para ella,
conocer a una persona era otra forma de estudiar el mundo.
Finalmente respondió.
—Tenía nueve años. Mi padre tardó
dos días más de lo previsto en regresar de una patrulla.
Aurora no dijo nada.
Él continuó.
—No pasó nada. Solo quedó aislado
por una tormenta de arena.
Volvió a coger la espada.
—Pero yo aún no lo sabía.
Aurora sonrió con una ternura
inesperada.
—Entonces tu miedo no era la
tormenta.
Era perder a alguien.
Sahir dejó de mover la piedra de
afilar.
Nunca lo había formulado de ese
modo.
Y, sin embargo, tenía razón.
La muchacha dio un pequeño sorbo
al caldo, completamente satisfecha con haber encontrado una respuesta más.
Después se levantó con naturalidad.
—Gracias.
—¿Solo era eso?
Aurora lo miró extrañada.
—Sí.
—Pensaba que habría veinte
preguntas más.
Ella soltó una carcajada.
—Mañana.
Y se marchó hacia el fuego
dejando a Sahir solo con la espada entre las manos.
Durante un largo rato permaneció
inmóvil, contemplando las chispas que ascendían hacia el cielo oscuro del
desierto.
No entendía muy bien qué estaba
ocurriendo.
Solo sabía una cosa.
Cada conversación con Aurora le dejaba la extraña sensación de haber descubierto algo sobre sí mismo que llevaba años sin ver.

No hay comentarios:
Publicar un comentario