viernes, 14 de agosto de 2026

Bajo el Sol de Sirak (III)

Bajo el Sol de Sirak

    Los salari nacieron de El Salar. Nacieron para recorrer sus caminos, para darle voz y para guardar su memoria. Porque incluso el desierto necesita a alguien que recuerde sus historias.

    La Humanidad no surgió de un paraíso. Surgió de El Salar. Por eso los salari llevan la sal en la sangre.


Capítulo III. El camino más largo

    En El Salar existía un dicho que los Protectores repetían a los jóvenes cuando estos comenzaban su instrucción.

"El camino más corto es el que te permite volver."

    No significaba recorrer menos distancia.

    Significaba regresar con todos.

    Sahir había crecido escuchando aquellas palabras y, con el tiempo, había descubierto que servían para casi cualquier decisión importante. Un Protector no elegía la ruta más rápida, sino aquella en la que la caravana tendría más posibilidades de sobrevivir. A veces eso implicaba caminar dos días más para evitar una garganta donde podían producirse desprendimientos; otras, renunciar a un pozo aparentemente cercano porque las últimas lluvias habían contaminado el agua con sal amarga.

    Aurora, en cambio, parecía regirse por una filosofía completamente distinta.

    Para ella, el camino más interesante era siempre el que obligaba a detenerse.

    Aquella diferencia quedó clara pocas jornadas después de la expedición al antiguo depósito.

    La Biblioteca de Arena había recibido una colección de tablillas de barro procedentes de un pequeño asentamiento abandonado en el extremo occidental del Salar. Varias Recopiladoras iban a desplazarse hasta allí para inventariar los hallazgos y Aurora fue autorizada a acompañarlas. No ocultó su alegría; llevaba varios días preparando la mochila con un entusiasmo casi infantil, revisando una y otra vez sus pinceles, los frascos para muestras, las cuerdas y los cuadernos, hasta el punto de que Naira terminó diciéndole, entre divertida y resignada, que no pensaba descubrir un continente nuevo durante una salida de cuatro días.

    Cuando llegaron al lugar, el asentamiento resultó ser poco más que un puñado de muros de piedra devorados por la arena. El viento había cubierto casi todas las habitaciones y solo permanecían visibles algunos dinteles inclinados y los restos de un patio donde todavía sobrevivía un árbol seco. No parecía un sitio especialmente prometedor, pero Aurora caminaba entre las ruinas con la expresión de quien acaba de entrar en el salón de un viejo amigo.

    Sahir observaba la escena desde cierta distancia.

    Los Protectores tenían poco que hacer mientras las Recopiladoras trabajaban. Comprobaban el perímetro, organizaban los turnos de vigilancia y revisaban los animales de carga. Después solo quedaba esperar.

    Aurora llevaba casi una hora moviéndose de una habitación a otra cuando él decidió acercarse. La encontró arrodillada en el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas y el rostro a escasos centímetros de una pared.

—¿Has encontrado algo?

    Ella negó sin apartar la vista.

—Todavía no.

    Él esperó unos segundos.

—Entonces... ¿qué haces?

    Aurora sonrió.

—Estoy intentando averiguar por qué la ventana está orientada hacia el este.

    Sahir contempló la abertura.

    Era una ventana.

    Pequeña.

    Rectangular.

    No parecía esconder ningún misterio.

—Porque quien construyó la casa quiso hacerla ahí.

    Aurora soltó una risa baja.

—Sí, claro. Pero las personas casi nunca hacen las cosas "porque sí". Si alguien abre una ventana hacia el este es porque espera algo de ese lado. Luz al amanecer. Menos arena cuando sopla el sirok. Ver llegar a alguien. O quizá porque desde aquí se veía una montaña que ya no existe.

    Mientras hablaba, recorría la pared con las yemas de los dedos como si leyera un texto invisible.

—Cada decisión deja un rastro. A veces solo hace falta hacerse la pregunta adecuada.

Sahir no respondió.

    Era la segunda vez que aquella muchacha conseguía que un objeto completamente corriente dejara de parecerlo.

    La primera había sido una piedra.

    Ahora era una ventana.

    Empezaba a sospechar que el problema no estaba en las cosas, sino en la manera en que él las miraba.


    Aquella noche levantaron el campamento entre las ruinas. Las temperaturas descendían con rapidez después de la puesta de sol y las conversaciones se reunieron alrededor del fuego mientras la cena terminaba de cocerse lentamente.

    Aurora sostenía un cuenco entre las manos y escuchaba a una de las Recopiladoras veteranas contar historias sobre antiguos asentamientos desaparecidos bajo las dunas. Hacía preguntas de vez en cuando, siempre las justas para que la narradora continuara hablando. No interrumpía por impaciencia; lo hacía porque quería comprender.

    Sahir permanecía algo apartado, ocupándose de revisar las armas antes del turno de guardia.

    Notó unos pasos acercándose.

    Sin levantar la vista dijo:

—Si vienes a preguntarme por qué afilo la espada de esa manera, la respuesta es "porque funciona".

    Aurora permaneció inmóvil un instante.

—Venía a preguntarte otra cosa.

    Él levantó la cabeza.

    Ella seguía sujetando el cuenco entre las manos.

—¿Cuál fue la primera vez que tuviste miedo?

    La pregunta quedó suspendida entre ambos.

    No era incómoda.

    Era inesperada.

    Sahir apoyó lentamente la piedra de afilar sobre una tela.

—¿Por qué quieres saberlo?

    Aurora bajó la mirada hacia el cuenco, como si buscara allí las palabras adecuadas.

—Porque hoy he estado pensando en la gente que vivió aquí. Todos hablamos de las ciudades antiguas, de los grandes viajes o de las guerras, pero casi nunca pensamos en las personas normales. Me pregunto si tenían los mismos miedos que nosotros.

    Levantó de nuevo los ojos.

—Y me he dado cuenta de que no sé cuál fue el tuyo.

    Sahir guardó silencio durante un buen rato.

    No estaba acostumbrado a responder preguntas así. Los Protectores hablaban de rutas, de armas, de tormentas. Los recuerdos personales rara vez salían de los círculos familiares.

    Sin embargo, la curiosidad de Aurora nunca sonaba invasiva.

    Jamás preguntaba para satisfacer un cotilleo.

    Preguntaba porque, para ella, conocer a una persona era otra forma de estudiar el mundo.

    Finalmente respondió.

—Tenía nueve años. Mi padre tardó dos días más de lo previsto en regresar de una patrulla.

    Aurora no dijo nada.

    Él continuó.

—No pasó nada. Solo quedó aislado por una tormenta de arena.

    Volvió a coger la espada.

—Pero yo aún no lo sabía.

    Aurora sonrió con una ternura inesperada.

—Entonces tu miedo no era la tormenta.

    Era perder a alguien.

    Sahir dejó de mover la piedra de afilar.

    Nunca lo había formulado de ese modo.

    Y, sin embargo, tenía razón.

    La muchacha dio un pequeño sorbo al caldo, completamente satisfecha con haber encontrado una respuesta más. Después se levantó con naturalidad.

—Gracias.

—¿Solo era eso?

    Aurora lo miró extrañada.

—Sí.

—Pensaba que habría veinte preguntas más.

    Ella soltó una carcajada.

—Mañana.

    Y se marchó hacia el fuego dejando a Sahir solo con la espada entre las manos.

    Durante un largo rato permaneció inmóvil, contemplando las chispas que ascendían hacia el cielo oscuro del desierto.

    No entendía muy bien qué estaba ocurriendo.

    Solo sabía una cosa.

    Cada conversación con Aurora le dejaba la extraña sensación de haber descubierto algo sobre sí mismo que llevaba años sin ver.

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