sábado, 15 de agosto de 2026

Bajo el Sol de Sirak (VI)

 

Bajo el Sol de Sirak







En El Salar también llueve.
La lluvia cae gentil o con fuerza. Llega en tormentas rápidas y aromáticas, en tormentas estruendosas y luminosas, o se instala durante días sobre el desierto.
Hay una lluvia que besa el rostro vuelto hacia el cielo y otra que golpea como agujas de hielo, haciendo temblar los cuerpos habituados al aliento abrasador de Sirak.
Y, sobre todas ellas, en invierno llega Hamar, el Portador de la Tormenta, desde el Gran Mar Occidental.
Sereno, poderoso e implacable, trae consigo el agua que llena los cauces y alimenta los acuíferos. Su llegada se anuncia cuando el cielo oscurece y el olor de la lluvia precede a las primeras gotas.
Entonces los salari alzan los ojos hacia el cielo y repiten:
«Hamar, llena nuestros cauces, despierta al que duerme.»


Capítulo VI. El sonido de la lluvia

En El Salar había muchas maneras de anunciar la lluvia.

Los ancianos observaban el color del horizonte cuando el sol comenzaba a caer. Los pastores hablaban de la dirección del viento. Algunos aseguraban que bastaba con mirar el vuelo de los sirokes, que nunca desperdiciaban energía cuando el aire estaba a punto de cargarse de humedad.

Aurora no confiaba demasiado en ninguna de aquellas señales. Ella prefería los insectos.

Sahir descubrió aquella peculiaridad una mañana en la que el cielo era de un azul tan limpio que parecía recién pulido. No había una sola nube y el calor ya empezaba a ondular sobre la costra salina, deformando el paisaje en la distancia.

Aurora caminaba unos pasos por delante de él con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando se detenía, se agachaba durante unos segundos y continuaba la marcha sin decir nada, como si estuviera siguiendo un rastro invisible.

Al tercer alto, Sahir no pudo contener la curiosidad.

—¿Has perdido algo?

Ella negó con la cabeza sin dejar de mirar el suelo.

—Estoy comprobándolo.

—¿El qué?

Aurora señaló una diminuta hilera de hormigas que desaparecía entre unas grietas.

—Van demasiado deprisa.

Sahir observó el desfile con toda la atención de la que fue capaz. No vio nada extraordinario. Eran hormigas. Pequeñas, negras y extraordinariamente trabajadoras.

—Creo que me falta entrenamiento para apreciar los matices.

Aurora sonrió.

—Mañana lloverá.

Él levantó lentamente la vista hacia el cielo. Después volvió a mirar las hormigas. Y finalmente la miró a ella.

—¿Por eso?

—En parte.

—¿Cuál es la otra parte?

Aurora caminó unos metros más hasta detenerse junto a una roca plana. Sobre ella descansaba un escarabajo oscuro, inmóvil, con las patas recogidas bajo el cuerpo. Lo señaló con un gesto solemne.

—Ese.

Sahir esperó una explicación. Aurora también. Cuando comprendió que ninguno de los dos iba a hablar primero, terminó suspirando.

—Normalmente ya habría salido a buscar comida. Hoy no.

—¿Y eso significa lluvia?

—No. Significa que espera lluvia. No es lo mismo.

Sahir apoyó una mano sobre la piedra y contempló al diminuto insecto durante unos segundos más.

—Nunca dejará de sorprenderme la cantidad de información que consigues sacar de criaturas que apenas miden un dedo.

Ella respondió con absoluta naturalidad.

—Ellos llevan aquí mucho más tiempo que nosotros. Tiene sentido escucharlos.

Aquella respuesta lo acompañó el resto del camino. Porque Aurora nunca hablaba de los animales como herramientas. Ni de las plantas como recursos. Ni siquiera de las ruinas como objetos de estudio.

Siempre hablaba de todo ello como si formara parte de una conversación iniciada mucho antes de que ella naciera y que esperaba no interrumpir jamás.



La expedición de aquel día era sencilla.

Debían revisar varios hitos de piedra que marcaban un antiguo camino caravanero y comprobar si las últimas tormentas de arena habían desplazado alguno. Era un trabajo lento, casi aburrido para cualquiera que no sintiera un extraño placer al medir distancias bajo un sol despiadado.

Aurora, por supuesto, parecía encantada. Cada mojón era una excusa para detenerse. Cada parada terminaba convirtiéndose en una pequeña lección improvisada. Que si las marcas de cincel eran distintas. Que si aquella piedra no procedía de la misma cantera. Que si alguien la había recolocado siglos atrás porque la base estaba orientada hacia un antiguo cauce ya desaparecido.

Sahir dejó de intentar adivinar cuándo reanudarían la marcha. Simplemente esperaba. Con el tiempo había aprendido que apresurar a Aurora era tan inútil como intentar convencer al viento de que cambiara de dirección. Mientras ella rodeaba el cuarto mojón buscando unas inscripciones casi borradas, él se sentó sobre una roca cercana y bebió un largo trago de agua.

La observó trabajar.

La punta de los dedos recorría la piedra con una delicadeza que contrastaba con la firmeza con la que era capaz de levantar una mochila cargada hasta los topes. Murmuraba para sí palabras sueltas que él no alcanzaba a entender, y de vez en cuando sonreía, como si acabara de resolver un pequeño enigma que nadie más sabía que existía. Se sorprendió pensando que nunca la había visto aburrirse. Ni una sola vez. Era una cualidad extraña.

Aurora encontraba algo digno de admiración incluso en una piedra erosionada o en un escarabajo que había decidido no salir aquella mañana.

Quizá, pensó Sahir, el mundo debía de ser un lugar mucho más interesante visto a través de sus ojos.



Regresaban al asentamiento cuando el aire cambió. No fue un cambio evidente. Ni siquiera habría sabido explicar qué era exactamente. Simplemente sintió que el silencio del desierto era distinto. Aurora se detuvo. Cerró los ojos durante un instante. Inspiró despacio.

—Ya viene.

Sahir volvió a mirar un cielo que seguía pareciendo incapaz de producir una sola gota de agua.

—Empiezo a sospechar que disfrutas desconcertándome.

Ella sonrió sin responder. Siguieron caminando. Un minuto después, algo frío cayó sobre la nariz de Sahir. Se quedó inmóvil. Parpadeó.

Aurora seguía andando unos pasos por delante, con las manos entrelazadas a la espalda, exactamente igual que si aquello fuera lo más normal del mundo.

Entonces cayó otra gota. Y otra. No era una tormenta. Ni siquiera una lluvia digna de ese nombre. Solo una llovizna tenue, tan delicada que parecía deshacerse antes de tocar el suelo. Pero bastó para que el aire cambiara de olor.

El polvo caliente cedió el paso a ese aroma profundo y mineral que solo existía durante unos minutos y que desaparecía tan deprisa como había llegado.

Aurora alzó el rostro. Las gotas le resbalaron por la frente y las mejillas mientras permanecía completamente inmóvil. No había alegría desbordante en su expresión. Había algo más parecido al recogimiento. Como quien escucha una voz conocida después de mucho tiempo.

Sahir se acercó despacio.

—¿Qué haces?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Memorizarlo.

—¿El qué?

—El sonido. Dentro de una hora ya no quedará nada de esto.

Él guardó silencio. No porque entendiera del todo sus palabras. Sino porque empezaba a comprender que Aurora vivía coleccionando cosas que los demás ni siquiera advertían que existían.

Y, por primera vez desde que la conocía, levantó la cara hacia la lluvia sin preocuparse de mojarse.

Quizá, pensó mientras una gota le caía sobre la frente, algunas lecciones solo podían aprenderse permaneciendo quieto.

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