Bajo el Sol de Sirak
Habla con el viento, con la forma de las dunas, con una piedra desplazada, con una huella que no debería estar allí. Los salari aprenden desde niños que sobrevivir no consiste en vencerlo, sino en escucharlo.
Pero hay momentos en que el ruido que llevamos dentro ahoga cualquier otra voz. Caminamos sin mirar, avanzamos sin escoger el rumbo y dejamos de reconocer incluso aquello que conocemos desde siempre.
Entonces El Salar no deja de hablar.
Somos nosotros quienes dejamos de escucharlo.
Capítulo XI. Cuando el
desierto deja de hablar
Aurora abandonó el campamento sin
ser plenamente consciente de haber tomado la decisión.
Más tarde intentaría recordar el
instante exacto en que había empezado a caminar y descubriría que su memoria se
detenía siempre en el mismo lugar: las últimas palabras de Sahir, pronunciadas
con aquella serenidad insoportable que tanto admiraba en él y que, por primera
vez, le había parecido una forma de distancia. Después solo quedaba una
sucesión confusa de imágenes, como si alguien hubiera arrancado varias páginas
de su recuerdo y las hubiera dejado volar sobre las dunas.
Cruzó entre las jaimas
respondiendo automáticamente a los saludos de quienes se cruzaban en su camino,
aunque ninguno de ellos llegó realmente a sus oídos. El campamento seguía
respirando con la misma normalidad de todos los atardeceres. El olor del pan recién
cocido empezaba a mezclarse con el humo de los pequeños fuegos donde se
preparaba la cena, los niños perseguían a los turas más jóvenes levantando
pequeñas nubes de polvo y, cerca del pozo, varias mujeres reían mientras
discutían sobre la mejor manera de conservar unas raíces que alguien había
traído de un oasis lejano.
Todo seguía exactamente igual.
Solo ella parecía haberse salido
del mundo.
Caminó sin rumbo fijo, dejándose
llevar por el impulso irracional de poner distancia entre ella y aquella
decepción que se le había instalado en el pecho con un peso insoportable. No
lloraba todavía. El dolor era demasiado reciente para convertirse en lágrimas.
Se parecía más al aturdimiento que sigue al estruendo de un derrumbe, cuando
uno sabe que algo importante acaba de romperse, pero aún no alcanza a
distinguir entre el polvo qué es lo que ha desaparecido.
Había imaginado aquel regreso
durante los tres días de expedición. Mientras copiaba inscripciones o limpiaba
con delicadeza las tablillas cubiertas de siglos de silencio, una parte de su
pensamiento se escapaba constantemente hacia el campamento. Se sorprendía
imaginando las preguntas de los ancianos de la Biblioteca, el entusiasmo de los
aprendices y, por encima de todo, la expresión de Sahir cuando comprendiera la
magnitud de lo que acababan de encontrar.
No había esperado aplausos.
Ni reconocimiento.
Le habría bastado una de aquellas
sonrisas discretas que él reservaba para las cosas importantes.
Una sola.
Ahora comprendía que había
construido aquella escena tantas veces en su imaginación que casi había
terminado por creer que ya había ocurrido.
Y precisamente por eso la
realidad le dolía tanto.
No era únicamente que Sahir
hubiera dicho que no.
Era que ni siquiera se había
detenido un instante a compartir con ella la alegría del descubrimiento.
Continuó caminando.
El sendero habitual terminó bajo
sus pies sin que llegara a advertirlo. Las últimas jaimas quedaron atrás y el
suelo comenzó a endurecerse conforme la arena dejaba paso a las extensiones
blanquecinas donde la sal afloraba formando costras quebradizas.
En cualquier otro momento habría
cambiado inmediatamente de dirección.
Conocía aquel terreno demasiado
bien.
Sabía interpretar la textura de
la superficie, distinguir las placas sólidas de aquellas que ocultaban bolsas
de barro salino bajo una fina película cristalizada. Había aprendido a hacerlo
mucho antes de saber leer.
Pero aquel día no estaba viendo
el desierto.
Solo caminaba.
El viento había empezado a
levantarse y empujaba pequeños remolinos de polvo que se deshacían unos metros
más adelante. Aurora ni siquiera levantó la cabeza para observar el cielo. No
escuchó el leve crujido que producía la sal al tensarse bajo el calor acumulado
durante la tarde. No reparó en que habían desaparecido los pequeños insectos
que siempre revoloteaban por aquella zona cuando el terreno era seguro.
El desierto llevaba varios
minutos hablándole.
Ella había dejado de escucharlo.
Muy lejos de allí, en el
campamento, Sahir seguía revisando con dos Protectores veteranos la forma de
ocultar el acceso a la cámara hasta que el Consejo pudiera reunirse. Hablaban
en voz baja, inclinados sobre un mapa trazado en la arena, cuando Naira apareció
llevando un cesto de hierbas recién cortadas.
Dejó el cesto en el suelo y miró
alrededor con la naturalidad de quien busca un rostro conocido.
—¿Dónde está Aurora?
Nadie respondió.
Uno de los muchachos señaló
vagamente hacia el oeste.
—La vi salir hace un rato.
—Pensé que estaba con Sahir
—añadió una mujer mientras llenaba un odre.
El Protector levantó lentamente
la cabeza.
No sintió una alarma inmediata.
Aurora solía caminar sola muchas veces. Necesitaba silencio para ordenar las
ideas y nadie en el campamento veía extraño que desapareciera durante un rato
antes de regresar cargada de preguntas o de pequeños hallazgos.
Sin embargo, algo en la forma en
que Naira frunció el ceño hizo que una inquietud apenas perceptible comenzara a
abrirse paso en su interior.
—¿Hace cuánto? —preguntó.
El muchacho dudó.
—No lo sé... quizá una hora.
Fue suficiente.
No necesitó hacer más preguntas.
Conocía el desierto demasiado
bien para calcular, casi sin pensar, hasta dónde podía haber llegado una
persona que caminara durante una hora sin prestar atención al camino.
El mapa dibujado en la arena dejó
de existir para él.
Sintió un vacío seco en el
estómago.
Sin decir una sola palabra echó a
correr.
Naira observó cómo desaparecía
entre las últimas jaimas y suspiró muy despacio.
No era una mujer dada a las
supersticiones, pero llevaba toda la tarde sintiendo que el viento traía
consigo una inquietud que no pertenecía al desierto.
Y, por primera vez desde que
Aurora había regresado de su expedición, comprendió que el verdadero peligro
nunca había estado escondido en aquella cámara sellada bajo la sal.
Había estado en dos personas
incapaces de decirse cuánto les importaba el dolor del otro.
Sahir corrió sin escuchar el aire
que entraba y salía de sus pulmones.
El desierto siempre había sido un
lugar de paciencia. Enseñaba a caminar despacio, a observar antes de actuar y a
desconfiar de cualquier decisión precipitada. Ningún Protector sensato
desperdiciaba sus fuerzas en una carrera cuando podía necesitarlas unas horas
después. Sin embargo, aquella tarde todo cuanto había aprendido durante años
quedó reducido a una única idea que golpeaba su mente con la insistencia de un
martillo.
La he dejado marcharse.
No porque creyera haber cometido
una injusticia al impedir que Aurora hablara del hallazgo. Si el tiempo
retrocediera unos minutos, volvería a tomar exactamente la misma decisión.
Aquel descubrimiento exigía silencio y prudencia. Lo sabía. El Consejo lo sabía.
Cualquier Protector habría actuado igual.
Lo que no había sabido ver era a
la muchacha que tenía delante.
Había visto una Recopiladora.
Una exploradora.
Una mujer capaz de encontrar una
cámara olvidada durante siglos.
Y había olvidado que, detrás de
todo aquello, seguía habiendo una joven de dieciocho años que había regresado
esperando compartir con él el día más importante de su vida.
La culpa comenzó a abrirse paso
entre sus pensamientos con una claridad insoportable.
No por haber protegido el
secreto. Por no haber protegido su corazón.
Abandonó el sendero sin vacilar.
El viento había empezado a borrar
las huellas más superficiales, pero todavía quedaban marcas suficientes para
alguien que hubiera aprendido a leer el desierto mucho antes de aprender a leer
un libro.
Se agachó. Observó la primera
pisada. Después la siguiente. Y una tercera. Su respiración se detuvo un
instante. Aquellas huellas estaban mal. No porque condujeran hacia una
dirección peligrosa. Porque no eran las huellas de Aurora. Una salari nunca
caminaba en línea recta durante tanto tiempo. Aurora tampoco.
Cada pocos pasos se desviaba
ligeramente hacia cualquier detalle que despertara su curiosidad. Un arbusto
que hubiera florecido antes de tiempo. Una roca de formas extrañas. Un pequeño
fósil. Un insecto desconocido. Cualquier cosa bastaba para romper la monotonía
de sus pasos.
Aquella tarde no había ocurrido
nada de eso. Las huellas atravesaban el paisaje con una obstinación casi
antinatural, ignorando cuanto las rodeaba. No había observado el terreno. No
había escuchado el viento. No había estado realmente allí.
Sahir sintió que el vacío que
llevaba creciendo en su estómago desde que abandonó el campamento se convertía
de pronto en algo mucho más cercano al miedo. Volvió a incorporarse y echó a
correr. Ya no seguía únicamente unas pisadas. Seguía el rastro de una muchacha
que había dejado de comportarse como una salari. Y eso, en El Salar,
significaba que algo iba terriblemente mal.
Siguió avanzando con la vista
fija en el suelo. Las huellas comenzaban a difuminarse allí donde el viento
barría la capa más superficial de arena, pero seguían conservando la cadencia
suficiente para que un Protector pudiera reconstruir el camino recorrido por
quien las había dejado atrás. De vez en cuando Sahir levantaba la cabeza para
comprobar la dirección general y volvía inmediatamente a agacharse. No buscaba
únicamente un rastro. Buscaba comprender qué había ocurrido dentro de la mente
de Aurora desde que abandonó el campamento.
Al principio creyó que caminaba
sin rumbo. Unos minutos después comprendió que era aún peor. No estaba
eligiendo ningún camino. Simplemente seguía moviendo los pies. La diferencia
era enorme. Aquello significaba que el desierto había dejado de existir para
ella.
Sahir sintió un escalofrío. Recordó
la primera lección que había recibido siendo apenas un niño, cuando todavía
acompañaba a los adultos en recorridos cortos alrededor del campamento.
"El desierto no mata a
quien se pierde."
"Mata a quien deja de
mirarlo."
Había tardado años en comprender
aquellas palabras. Ahora desearía no haberlas entendido nunca.
Continuó descendiendo por un
pequeño barranco cuya sombra empezaba a alargarse sobre la arena. Allí las
huellas se conservaban mejor. Aurora había resbalado una vez sobre una piedra
lisa. La marca de una rodilla indicaba que había apoyado una mano para recuperar
el equilibrio. No se había detenido. Ni siquiera entonces. Aquello no era
propio de ella. Aurora habría aprovechado cualquier pausa para levantar la
vista, orientarse o estudiar el terreno.
Aquella muchacha había seguido
caminando como quien avanza dormido.
El barranco desembocaba en una
amplia llanura de sal donde el horizonte parecía deshacerse bajo los últimos
reflejos del día. Sahir se detuvo un instante en el borde.
El viento soplaba desde el este. Las
huellas desaparecían casi por completo. Inspiró profundamente. No podía seguir
leyendo el suelo. Tendría que empezar a pensar como Aurora. No. Corrigió
inmediatamente aquella idea. Tendría que pensar como la Aurora que había salido
del campamento. Y esa Aurora no estaba pensando.
Levantó lentamente la vista. Buscó
las zonas más peligrosas. Las placas de sal más extensas. Los antiguos cauces. Las
depresiones donde el agua de lluvia permanecía oculta bajo una costra
cristalizada. Fue entonces cuando la vio.
Al principio creyó que era una
roca. Una pequeña mancha oscura sobre el blanco casi cegador de la sal. Después
la figura se movió. Muy poco. Lo justo para que el corazón se le detuviera.
Aurora. No gritó. Ni siquiera
pronunció su nombre. Echó a correr. Solo redujo la velocidad cuando la costra
comenzó a sonar bajo sus botas con aquel crujido hueco que todo salari aprendía
a temer desde la infancia.
Entonces comprendió. La muchacha
estaba atrapada.
Aurora había logrado sacar una
pierna, pero la otra permanecía hundida hasta medio muslo en una mezcla espesa
de barro salino que la retenía como una mano gigantesca. Al intentar liberarse
había fracturado la superficie a su alrededor, formando una corona de grietas
irregulares que amenazaban con extenderse bajo el peso de cualquiera que se
acercara demasiado deprisa.
Ella levantó la cabeza al oír el
primer crujido. Durante un instante no pareció reconocerlo. Tenía el rostro
cubierto de sal y polvo. El cabello se había pegado a las mejillas por el sudor
y las lágrimas secas. Había una expresión de agotamiento absoluto en sus ojos.
Luego lo vio. Nunca habría sabido
explicar qué cambió exactamente en aquella mirada. Solo que, de repente, dejó
de luchar. Como si el simple hecho de verlo hubiera borrado toda la tensión que
llevaba soportando desde hacía horas.
—Sahir...
Fue apenas un susurro. Él no
respondió. No porque no quisiera. Porque toda su atención estaba concentrada en
el suelo que los separaba. Cada paso debía ser perfecto. No podía permitirse
romper la costra. Una grieta se abrió varios metros a su izquierda con un
chasquido seco. Cambió inmediatamente de dirección. Rodeó una pequeña elevación
de sal endurecida y buscó con la punta del bastón el sonido macizo que indicaba
terreno firme. Avanzaba despacio, desesperadamente despacio, mientras todo su
cuerpo le exigía correr los últimos metros y arrancarla de allí con sus propias
manos.
Aurora lo observaba acercarse. Jamás
lo había visto moverse así. Nunca. Toda aquella serenidad que siempre lo
acompañaba seguía allí, pero ahora comprendía que no nacía de la ausencia de
miedo. Nacía de una lucha constante contra él. Cada vez que el bastón
encontraba un apoyo seguro, Sahir parecía contener el impulso de avanzar
demasiado deprisa. Cada músculo de su cuerpo gritaba una orden distinta de la
que finalmente obedecía. Cuando por fin llegó hasta el borde de la grieta, se
dejó caer de rodillas sin apartar los ojos del terreno. Solo entonces se
permitió mirarla. Y durante una fracción de segundo el Protector desapareció. Aurora
vio al hombre.
Vio el color abandonar su rostro.
Vio cómo sus labios se entreabrían sin que llegara a salir ninguna palabra. Vio
un alivio tan inmenso que casi parecía dolor. Después, igual que quien vuelve a
colocarse una armadura conocida, Sahir respiró hondo y recuperó el control.
—Voy a sacarte de aquí.
No era una promesa. Era una
certeza. Y, por primera vez desde que había abandonado el campamento, Aurora
creyó que todo iba a salir bien.

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