Bajo el Sol de Sirak
Sirak, el viento abrasador del desierto.
Su aliento endurece la tierra y hace que hasta el agua olvide que alguna vez fue río.
Su llegada se anuncia cuando el horizonte comienza a temblar y el aire adquiere un brillo dorado. Entonces el desierto contiene el aliento. Los animales buscan refugio, las plantas se repliegan sobre sí mismas y quienes conocen a Sirak se preparan para soportar su paso.
Dicen que soplaba sobre estas tierras mucho antes de que los hombres les dieran nombre. Que ha visto levantarse ciudades y las ha visto desaparecer bajo la arena. Que conoce historias que nadie recuerda y secretos que ningún hombre llegó a contar.
Y algunas veces, cuando Sirak cruza el desierto, trae consigo una de esas historias.
Capítulo I. El Protector
El primer recuerdo que Aurora
conservaría de Sahir no sería su voz ni su rostro, sino la manera en que
parecía avanzar por el desierto sin alterar el equilibrio del paisaje.
Bajo el sol inmóvil de Sirak,
mientras la caravana descendía lentamente entre las dunas cubiertas de costras
de sal, aquel hombre caminaba en cabeza con una naturalidad que casi hacía
pensar que el camino existía porque él lo recorría y no al revés. No necesitaba
mirar el terreno para esquivar una piedra ni volvía la cabeza para comprobar
que los demás lo seguían; aun así, daba la impresión de percibir cada
movimiento a su alrededor. Los niños corrían junto a los animales de carga, los
mercaderes discutían sobre el estado de los odres y los viajeros celebraban el
regreso al Hogar después de varios días de travesía, pero Sahir permanecía
atento al horizonte con esa calma serena de quien ha aprendido que el peligro
rara vez anuncia su llegada.
Aurora observaba la escena desde
la terraza de la Biblioteca de Arena, donde una suave brisa conseguía aliviar
apenas el calor del mediodía. Había subido allí con la intención de copiar unos
antiguos mapas antes de que la luz comenzara a declinar, pero la llegada de la
caravana había interrumpido el trabajo de casi todo el edificio. Algunas
Recopiladoras salían para recibir noticias, otras buscaban a familiares entre
los recién llegados y los más pequeños corrían de un lado a otro intentando
averiguar qué historias traían consigo los viajeros.
Ella, sin embargo, no buscaba a
nadie. Le fascinaba contemplar el regreso de quienes habían pasado semanas
lejos del Hogar. Cada grupo volvía cubierto de polvo y cansancio, pero también
de pequeñas historias que todavía no habían sido contadas: rutas nuevas, pozos
descubiertos, tormentas evitadas por poco, animales nunca vistos o ruinas que
aguardaban pacientemente bajo siglos de arena. Para Aurora, cada expedición
representaba una promesa de conocimiento, y pocas cosas despertaban más su
curiosidad.
Fue entonces cuando reparó en
aquel hombre.
No destacaba por llevar la
armadura más elaborada ni por su estatura, aunque era alto incluso entre los
Protectores. Lo que llamaba la atención era otra cosa mucho más difícil de
definir. Había personas cuya presencia parecía llenar un espacio simplemente
por existir, sin necesidad de hablar ni reclamar atención. Sahir pertenecía a
esa clase de individuos. Su forma de caminar era tranquila, económica, casi
silenciosa; cada paso parecía medido para no desperdiciar una sola gota de
energía, como si llevara toda la vida aprendiendo del propio desierto.
Aurora inclinó ligeramente la
cabeza.
—Camina raro.
La voz de la anciana que
trabajaba a su lado sonó divertida.
—¿Raro?
—Sí. Todo el mundo mueve los
brazos al andar. Él casi no lo hace.
La mujer dejó de ordenar los
pergaminos para mirar también hacia la plaza.
—Es Protector.
Aurora esperó una explicación más
larga. No llegó.
—¿Y?
—Que un Protector nunca deja de
observar. Si balanceara los brazos como cualquier otro caminante, su cuerpo
hablaría de descanso. Él no está descansando.
Aurora volvió a fijarse en el
hombre. Solo entonces comprendió lo que la anciana quería decir. Mientras los
demás intercambiaban saludos, buscaban familiares entre la multitud o
descargaban los carros, Sahir parecía registrar silenciosamente todo cuanto ocurría
a su alrededor. Sus ojos recorrían las azoteas, las callejuelas, las entradas
de las jaimas y las posiciones de los demás Protectores con la misma
naturalidad con la que otros respiraban. No transmitía inquietud; al contrario,
daba la impresión de que aquella vigilancia constante era tan instintiva para
él como caminar.
—¿Cómo se llama?
—Sahir.
La anciana pronunció el nombre
sin añadir nada más, como si bastara para describir al hombre.
Aurora asintió despacio y volvió
la vista hacia sus mapas. Durante unos minutos intentó concentrarse en las
anotaciones que estaba copiando, pero descubrió que seguía levantando la cabeza
una y otra vez para observar al Protector mientras ayudaba a descargar los
carros. No daba órdenes. No hablaba más de lo necesario. Simplemente estaba
allí, comprobando que cada persona ocupara su lugar y que el regreso terminara
con la misma tranquilidad con la que había comenzado.
Aquello le pareció curioso.
En los libros se hablaba a menudo
de los grandes guerreros, de los héroes que vencían monstruos o defendían
caravanas enteras, pero nadie escribía sobre hombres que parecían dedicar su
vida a evitar que las desgracias llegaran siquiera a producirse. Era un tipo de
mérito silencioso, casi invisible, y precisamente por eso despertó la
curiosidad de Aurora.
No volvió a pensar en Sahir
durante las semanas siguientes.
Había demasiadas cosas que
aprender.
Demasiados manuscritos que
clasificar.
Demasiadas historias que escuchar
de labios de los viajeros.
Y, sin embargo, muchos años después, cuando intentó recordar la primera vez que lo había visto, comprendió que aquel instante había permanecido intacto en su memoria con una claridad sorprendente. No porque entonces hubiera sentido nada especial por él, sino porque aquella fue la primera vez que descubrió que existían personas cuya forma de estar en el mundo podía resultar tan interesante como cualquier ruina antigua.

No hay comentarios:
Publicar un comentario