Bajo el Sol de Sirak
Los Protectores vigilan.
Durante el día, en el Camino, vigilan lo que acecha, lo que está por venir y lo que queda atrás. Por la noche, el sueño y la tranquilidad de aquellos que quedan a su cuidado.
La confianza es algo que se gana. Los salari confían en sus Protectores y por eso, en el Camino, no los cuestionan.
Allí, el Protector es el capitán, el cazador, el explorador de la arena. Es quien decide cuándo avanzar, cuándo detenerse y cuándo cambiar el rumbo.
Porque en El Salar, proteger no significa enfrentarse al peligro. Significa verlo antes que los demás.
Capítulo VII. La guardia del
alba
Aurora descubrió que los
Protectores del Desierto apenas dormían una semana después de la lluvia.
No porque hubiera ocurrido nada
extraordinario. Al contrario. Precisamente porque no había ocurrido nada.
Aquella noche se despertó poco
antes del amanecer con una sensación difícil de explicar. Durante unos segundos
permaneció inmóvil, intentando averiguar qué la había sacado del sueño.
Entonces lo comprendió. Faltaba un sonido.
La respiración pausada de la jaima seguía allí. Alguien roncaba al otro lado de la tela. El viento acariciaba las cuerdas con ese silbido tenue que parecía acompañar todas las noches del desierto. Pero había desaparecido el roce regular de las sandalias de los centinelas. Se incorporó despacio. Apartó apenas un dedo la tela de la entrada.
El campamento dormía envuelto en
esa penumbra azul que precedía al amanecer. Los braseros se habían convertido
en montones de ceniza rojiza y solo algunas sombras se movían entre las jaimas.
Una de ellas era Sahir. Caminaba despacio por el perímetro del asentamiento. No llevaba lanza. Solo un bastón corto y una pequeña lámpara cubierta para que la luz apenas escapara.
Aurora sintió curiosidad. Se echó un chal sobre los hombros y salió procurando no despertar a nadie. El aire era sorprendentemente fresco. La arena conservaba aún el frío de la noche y el cielo estaba tan limpio que parecía imposible que dentro de unas horas el sol volviera a convertirlo todo en un horno. Sahir la vio acercarse mucho antes de que ella llegara.
—No haces demasiado ruido para
ser una Recopiladora.
Aurora sonrió.
—Tú haces demasiado poco para ser
un Protector.
Él arqueó una ceja.
—¿Eso era un cumplido?
—Todavía no lo he decidido.
Sahir esperó a que caminara a su lado antes de reanudar la marcha. Durante un rato ninguno de los dos habló. Aurora había aprendido que con él los silencios nunca resultaban incómodos. Eran una forma de compartir el camino. Al cabo de unos minutos no pudo contener la pregunta.
—Pensaba que la guardia terminaba
hace horas.
—Terminó.
—Entonces... ¿qué haces?
Sahir recorrió con la mirada la
línea oscura del horizonte antes de responder.
—Comprobar que todo sigue donde
debería.
Aurora frunció ligeramente el ceño. Él señaló con el bastón.
—La cuerda de aquella jaima está demasiado floja. Mañana habrá viento. Habrá que tensarla.
Siguieron caminando. Un poco más adelante se detuvo junto a un pequeño montón de piedras.
—Alguien dejó esto aquí ayer.
Si viene una tormenta nocturna,
tropezará el primero que salga medio dormido.
Apartó las piedras con el pie. Reanudaron la marcha.
—Ese odre está mal cerrado. Perderá agua antes del mediodía.
Lo ajustó sin hacer ruido. Aurora empezaba a comprender. No estaba vigilando enemigos. Estaba vigilando descuidos.
Llegaron hasta una pequeña elevación desde la que podía verse todo el asentamiento. Las jaimas parecían dormidas unas junto a otras, como si buscaran calor incluso durante las noches más suaves. Sahir se sentó sobre una roca. Aurora hizo lo mismo.
—Pensaba que ser Protector
consistía en luchar.
Él tardó un momento en contestar.
—Eso es lo que la gente recuerda.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero, si hacemos bien nuestro
trabajo, nadie llega a ver esa parte.
Ella lo miró con atención.
—¿Entonces cuál es vuestro
trabajo?
Sahir dejó que la pregunta
permaneciera un instante entre los dos antes de responder.
—Conseguir que los demás puedan
olvidarse de nosotros.
Aurora bajó la vista.
—Nunca lo había pensado así.
Mientras ella recorría ruinas
buscando la memoria de quienes habían vivido antes, había hombres y mujeres que
dedicaban cada noche a impedir que ocurrieran pequeñas desgracias que nadie
recordaría jamás.
Una cuerda. Un odre. Una piedra fuera de lugar. Ninguna merecería una canción. Y, sin embargo, todas podían estropear una vida.
El primer rayo de sol apareció por el horizonte. La luz fue deslizándose lentamente sobre las dunas hasta alcanzar el campamento. Aurora observó cómo las jaimas empezaban a teñirse de oro. Entonces habló muy despacio.
—Yo recopilo recuerdos.
Sahir volvió la cabeza. Ella continuó.
—Y tú recopilas futuros.
Él permaneció completamente inmóvil. Aquella era una forma extraña de describir su trabajo. Y, sin embargo... No encontró ninguna mejor. Por primera vez en mucho tiempo, alguien había puesto palabras a algo que él nunca había sabido explicar.
No dijo gracias. No hacía falta. Simplemente miró salir el sol junto a ella. Y, mientras el desierto despertaba poco a poco, ambos permanecieron sentados en silencio.
Había personas con las que uno podía hablar durante horas. Y había otras con las que bastaba compartir un amanecer para sentir que había sido comprendido.

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