viernes, 14 de agosto de 2026

Bajo el sol de Sirak (I)

Bajo el Sol de Sirak 

Sirak, el viento abrasador del desierto.

    Su aliento endurece la tierra y hace que hasta el agua olvide que alguna vez fue río.

    Su llegada se anuncia cuando el horizonte comienza a temblar y el aire adquiere un brillo dorado. Entonces el desierto contiene el aliento. Los animales buscan refugio, las plantas se repliegan sobre sí mismas y quienes conocen a Sirak se preparan para soportar su paso.

    Dicen que soplaba sobre estas tierras mucho antes de que los hombres les dieran nombre. Que ha visto levantarse ciudades y las ha visto desaparecer bajo la arena. Que conoce historias que nadie recuerda y secretos que ningún hombre llegó a contar.

    Y algunas veces, cuando Sirak cruza el desierto, trae consigo una de esas historias.

    Esta es una de ellas.

Capítulo I. El Protector

    El primer recuerdo que Aurora conservaría de Sahir no sería su voz ni su rostro, sino la manera en que parecía avanzar por el desierto sin alterar el equilibrio del paisaje.

    Bajo el sol inmóvil de Sirak, mientras la caravana descendía lentamente entre las dunas cubiertas de costras de sal, aquel hombre caminaba en cabeza con una naturalidad que casi hacía pensar que el camino existía porque él lo recorría y no al revés. No necesitaba mirar el terreno para esquivar una piedra ni volvía la cabeza para comprobar que los demás lo seguían; aun así, daba la impresión de percibir cada movimiento a su alrededor. Los niños corrían junto a los animales de carga, los mercaderes discutían sobre el estado de los odres y los viajeros celebraban el regreso al Hogar después de varios días de travesía, pero Sahir permanecía atento al horizonte con esa calma serena de quien ha aprendido que el peligro rara vez anuncia su llegada.

    Aurora observaba la escena desde la terraza de la Biblioteca de Arena, donde una suave brisa conseguía aliviar apenas el calor del mediodía. Había subido allí con la intención de copiar unos antiguos mapas antes de que la luz comenzara a declinar, pero la llegada de la caravana había interrumpido el trabajo de casi todo el edificio. Algunas Recopiladoras salían para recibir noticias, otras buscaban a familiares entre los recién llegados y los más pequeños corrían de un lado a otro intentando averiguar qué historias traían consigo los viajeros.

    Ella, sin embargo, no buscaba a nadie. Le fascinaba contemplar el regreso de quienes habían pasado semanas lejos del Hogar. Cada grupo volvía cubierto de polvo y cansancio, pero también de pequeñas historias que todavía no habían sido contadas: rutas nuevas, pozos descubiertos, tormentas evitadas por poco, animales nunca vistos o ruinas que aguardaban pacientemente bajo siglos de arena. Para Aurora, cada expedición representaba una promesa de conocimiento, y pocas cosas despertaban más su curiosidad.

    Fue entonces cuando reparó en aquel hombre.

    No destacaba por llevar la armadura más elaborada ni por su estatura, aunque era alto incluso entre los Protectores. Lo que llamaba la atención era otra cosa mucho más difícil de definir. Había personas cuya presencia parecía llenar un espacio simplemente por existir, sin necesidad de hablar ni reclamar atención. Sahir pertenecía a esa clase de individuos. Su forma de caminar era tranquila, económica, casi silenciosa; cada paso parecía medido para no desperdiciar una sola gota de energía, como si llevara toda la vida aprendiendo del propio desierto.

    Aurora inclinó ligeramente la cabeza.

—Camina raro.

    La voz de la anciana que trabajaba a su lado sonó divertida.

—¿Raro?

—Sí. Todo el mundo mueve los brazos al andar. Él casi no lo hace.

    La mujer dejó de ordenar los pergaminos para mirar también hacia la plaza.

—Es Protector.

    Aurora esperó una explicación más larga. No llegó.

—¿Y?

—Que un Protector nunca deja de observar. Si balanceara los brazos como cualquier otro caminante, su cuerpo hablaría de descanso. Él no está descansando.

    Aurora volvió a fijarse en el hombre. Solo entonces comprendió lo que la anciana quería decir. Mientras los demás intercambiaban saludos, buscaban familiares entre la multitud o descargaban los carros, Sahir parecía registrar silenciosamente todo cuanto ocurría a su alrededor. Sus ojos recorrían las azoteas, las callejuelas, las entradas de las jaimas y las posiciones de los demás Protectores con la misma naturalidad con la que otros respiraban. No transmitía inquietud; al contrario, daba la impresión de que aquella vigilancia constante era tan instintiva para él como caminar.

—¿Cómo se llama?

—Sahir.

    La anciana pronunció el nombre sin añadir nada más, como si bastara para describir al hombre.

    Aurora asintió despacio y volvió la vista hacia sus mapas. Durante unos minutos intentó concentrarse en las anotaciones que estaba copiando, pero descubrió que seguía levantando la cabeza una y otra vez para observar al Protector mientras ayudaba a descargar los carros. No daba órdenes. No hablaba más de lo necesario. Simplemente estaba allí, comprobando que cada persona ocupara su lugar y que el regreso terminara con la misma tranquilidad con la que había comenzado.

    Aquello le pareció curioso.

    En los libros se hablaba a menudo de los grandes guerreros, de los héroes que vencían monstruos o defendían caravanas enteras, pero nadie escribía sobre hombres que parecían dedicar su vida a evitar que las desgracias llegaran siquiera a producirse. Era un tipo de mérito silencioso, casi invisible, y precisamente por eso despertó la curiosidad de Aurora.

    No volvió a pensar en Sahir durante las semanas siguientes.

    Había demasiadas cosas que aprender.

    Demasiados manuscritos que clasificar.

    Demasiadas historias que escuchar de labios de los viajeros.

    Y, sin embargo, muchos años después, cuando intentó recordar la primera vez que lo había visto, comprendió que aquel instante había permanecido intacto en su memoria con una claridad sorprendente. No porque entonces hubiera sentido nada especial por él, sino porque aquella fue la primera vez que descubrió que existían personas cuya forma de estar en el mundo podía resultar tan interesante como cualquier ruina antigua.

martes, 9 de junio de 2026

DEL AMOR Y OTRAS GILIPOLLECES

 Dicen que es mejor haber amado y haber perdido que no haber amado nunca.

Eso lo dijo alguien. Un señor. Un poeta. Supongo que con muy buena intención.

También dicen que quien no se consuela es porque no quiere. Otra aportación imprescindible de la humanidad al pensamiento universal.

A veces me pregunto si todos esos sabios populares se reunían en algún sitio para inventar frases destinadas a sonar profundas y resultar irritantes exactamente cuando más falta hacía una respuesta de verdad.

Porque el amor tiene la fea costumbre de doler.

Y no hablo solo del romántico.

Hablo de todo aquello que importa.

Las personas.

Los animales.

Las canciones.

Las historias.

Los padres.

Los hijos.

Los amigos.

Las cosas que uno ama tienen la indecencia de ser mortales, frágiles o simplemente de marcharse.

Y entonces llegan los expertos en consolar.

"Quédate con los recuerdos."

Como si los recuerdos abrazaran.

Como si pudieran sentarse a tu lado en el sofá o discutir contigo por una tontería.

Como si el recuerdo fuera una versión de saldo de una persona.

Así que, sí, algunas noches me pregunto si no sería más sensato cerrar por amor.

Echar la persiana.

No admitir clientes.

Declarar el establecimiento emocional clausurado por exceso de daños.

Y, sin embargo, sospecho que no serviría de nada.

Porque el amor es un ocupante ilegal.

Entra sin permiso.

Se instala.

Rompe cosas.

Y cuando se marcha, o te lo arrebatan, deja la casa hecha un desastre y a ti discutiendo a la una de la mañana con un poeta muerto hace más de un siglo.

No sé si merece la pena.

No tengo una respuesta.

Y desconfío bastante de quien dice tenerla.

Pero aquí seguimos.

Amando.

Llorando por personas reales y por personajes de ficción.

Protestando.

Enfadándonos.

Y, de alguna manera absurda, volviendo a empezar.

Lo cual quizá demuestre que somos idiotas.

O quizá no.

Todavía no lo tengo claro.